Durante la Edad del Hierro, El Molón ofrece una larga ocupación que se extiende entre los siglos VII y I a.C. El poblado, de pequeñas dimensiones en su origen, sufriría a lo largo de su historia diversas remodelaciones, alcanzando su máximo apogeo y esplendor a partir del siglo IV, cuando adquiere el aspecto monumental que todavía hoy le caracteriza, documentándose reformas puntuales que remiten a su etapa más avanzada, algunas de gran entidad, como las que afectaron al acceso principal y a las obras defensivas con él relacionadas.
Ya entrado el siglo IV a.C., El Molón fue objeto de una importante reestructuración, que supuso el desmantelamiento parcial de las viviendas de la fase anterior, utilizadas como cimentación de las nuevas construcciones, tanto de las obras defensivas como de los nuevos departamentos, que presentan una diferente orientación y características, fenómeno bien documentado en la zona más oriental del poblado. En esta zona, las estancias, todas ellas abiertas hacia un espacio central en el que se localiza una gran cisterna, ocuparon parcialmente el espacio de la muralla, confirmando que la construcción de las defensas estuvo interrelacionada con el diseño urbanístico.
La construcción de la nueva muralla fortificó un espacio bastante superior al de las fases precedentes, quedando integrada ahora, por razones defensivas, la zona más occidental de la muela, un terreno escarpado poco apto para albergar construcciones de tipo doméstico. El Molón puede ser considerado a partir de este momento como un pequeño oppidum, cuya superficie, en torno a 2,6 ha si nos ceñimos al perímetro amurallado, lo sitúa entre los asentamientos de mayor tamaño de la zona, que debió jerarquizar un territorio que incluía las llanadas en torno a las lagunas hoy desecadas junto a las que se localiza la villa de Camporrobles. Debe añadirse, además, un posible barrio a extramuros localizado en la ladera sur del cerro, ocupando un pequeño espolón amesetado de 1,4 ha, cuya existencia explicaría el trazado anómalo de la muralla en esa zona, a media ladera, lejos por tanto de la línea de ruptura de pendiente de la plataforma superior o acrópolis, y la presencia de una posible poterna.
De esta ocupación destaca:
la puerta principal,
la muralla, muy bien conservada por el norte y el oeste,
las defensas de la zona nororiental -un gran torreón rectangular, un antemural o torre adelantada y un foso-, con las que se relacionan dos pequeños accesos secundarios,
tres cisternas: dos, al interior, y otra, conocida como el “pozo de los moros”, de más de 20 m de profundidad, al exterior del recinto, junto al camino principal,
la necrópolis, de incineración en urna, localizada en las inmediaciones del poblado, hacia el oeste,
una cueva-manantial situada a los pies de su ladera suroccidental, la “fuente del Molón”, interpretable como un santuario.