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Arzobispo Fernando de Loazes

Al prelado D. Fernando de Loazes, hijo insigne y singular mecenas, debe Orihuela la creación de la universidad. Tal y como evocan las cinco mitras de su timbre heráldico, obispo de Elna, luego de Lérida, Tortosa, arzobispo de Tarragona, Patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia. Él mandó levantar la grandiosa fábrica renacentista de Santo domingo, por más que se finalizara pasados muchos años de su muerte, con la monumental portada barroca y realización del claustro de la universidad, y fue también quien inició el largo y complicado itinerario de negociaciones que llevaría cien años más tarde al logro completo de la mencionada institución: con ese fin hizo cuantiosas donaciones, legó sus bienes muebles e inmuebles y escogió como embrión del centro de estudios superiores que se proponía fundar al convento de dominicos de Nuestra Señora del Socorro y San José, intramuros de Orihuela.

El proceso de erección de la universidad no fue breve ni fácil. Duró un siglo, y con ello tuvieron mucho que verlas rivalidades entre dominicos y cabildo catedralicio, así como las discrepancias con el Consell de Orihuela. Fue preciso que remitieran esas diferencias y una coyuntura favorable para enfrentar con éxito la vigorosa y cerrada contradicción que hacía la ciudad de Valencia, abiertamente opuesta a la implantación de estudios universitarios en el extremo meridional del reino. Madrugó la Santa Sede en la aprobación de la universidad oriolana, pero se demoró mucho la autorización regia: en 1552 una bula de Julio III, al tiempo que aprobaba las susodichas donaciones testamentarias, concedía el rango de Colegio al convento elegido por Loazes, facultándole para otorgar grados en Artes y Teología a los colegiales de la Orden. Un años después del fallecimiento del arzobispo, Pío V, en 1569, convertía el Colegio en Universidad, con potestad para graduar tanto a religiosos como seglares.

Sin embargo, a pesar de hallarse autorizada por esta bula para expedir titulaciones y contar en 1610 con claustro de doctores en todas las especialidades, la Universidad de Orihuela, siete lustros más tarde, se limitaba a constituir tribunales para examinar de los distintos grados a estudiantes procedentes de otras universidades. Sin duda, ello obedecía a la carencia del permiso regio, dificultado por el antagonismo de Valencia, al que, durante su privanza, se sumó el decisivo del valido Lerma, perteneciente, en su calidad de marqués de Denia, a una de las grandes casas de la nobleza valenciana. Finalmente, el 30 de noviembre de 1616, a más de un trienio de la firma del Convenio entre Universidad y Consell de Orihuela, Felipe IV concedía el Privilegio que reconocía plenitud de derechos a la Universidad de Orihuela.

Dada la nueva situación legal y para regular la vida y funciones de la institución, el propio monarca mandó la elaboración de un nuevo estatuto, que, tras la supervisión y dictamen del Consejo de Aragón, fue aprobado el 6 de marzo de 1655, modificado en el transcurso del tiempo por diversas disposiciones reales, sería reemplazado por otro en cumplimiento de la Real Célula de 17 de mayo de 1783, que ordenó asimismo la supresión de la Facultad de Medicina, quedando desde entonces reducidas las enseñanzas a las de Artes, Teología, Cánones y Leyes. Esta disminución no era sino el preludio de la desaparición del centro oriolano, que, junto a la de las restantes “universidades menores”, se produjo en virtud del Real Decreto firmado el 5 de julio de 1807, por el Secretario de Gracia y Justicia José Antonio Caballero. Los intentos de reabrirla, con encendidas protestas de fidelidad y devoción a Fernando VII, resultaron vanos: el denominado Plan Calomarde, que tomaba nombre del ministro Francisco Tadeo Calomarde, ratificó, en 1824, la extinción de los estudios superiores en Orihuela. Quedaban así cerradas las puertas de la universidad que, desbordando los límites de su diócesis, habría ejercido notable atracción sobre la de Cartagena-Murcia y espacios aledaños, graduando durante dos siglos a bachilleres e invistiendo doctores, tal y como recuerdan los desvaídos vítores en la grandiosa fachada de Santo Domingo.

Puede consultar más información en los siguientes enlaces:

MESA SANZ, J. (2002): "FERNANDO DE LOAZES Y EL MUNDO CLÁSICO"

MESA SANZ, J. (1996): "DON FERNANDO DE LOAZES FRENTE AL DIVORCIO DE ENRIQUE VIII. ANÁLISIS DE SU UTILIZACIÓN DE LA LENGUA LATINA Y DE ALGUNOS REFERENTES CLÁSICOS"

Cátedra Arzobispo Loazes


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