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Festividad de Santo Tomás de Aquino

Alicante, 27 de enero de 2006

En primer lugar querría agradecer a todos ustedes su presencia en este solemne acto de la festividad de Santo Tomás de Aquino. En este acto, los estudiantes egresados en el curso 2004-2005 como diplomados, licenciados, arquitectos, ingenieros o doctores están hoy aquí representados por sus compañeros que han obtenido los premios extraordinarios y por aquellos que hoy han subido a este estrado a recibir el birrete que los acredita como doctores.

Sé bien que para todos vosotros han sido años intensos de estudio, de capacitación y de formación humana. Un tiempo de dedicación y esfuerzos, que han sido compartidos también por vuestras familias y amigos, y que se han visto finalmente culminados con brillantez y éxito.

En vosotros, los nuevos diplomados, licenciados, arquitectos, ingenieros y doctores, queda representada la aspiración de los universitarios al conocimiento racional, científico y crítico como componentes que deben presidir la investigación y la docencia en los diferentes campos del saber humano.

Os felicito, pues, sinceramente, y os animo a que, con vuestra capacitación, con vuestro comportamiento ético y solidario, seáis siempre embajadores de la Universidad de Alicante en la sociedad.

Celebramos hoy la fiesta de Tomás de Aquino, teólogo, filósofo, doctor y santo de la Iglesia Católica, alumno de San Alberto Magno, profesor de la Universidad de París y patrono de las Universidades.

Sería pretencioso por mi parte intentar glosar la figura del autor de la Suma Teológica, una obra ingente de catorce tomos, pieza fundamental de la tradición doctrinal católica.

No obstante, en mi condición de economista, me gustaría aprovechar esta ocasión para plantear algunas reflexiones en torno a una de las facetas del pensamiento de nuestro patrón: sus ideas y planteamientos en materia económica.

El interés y la novedad que supusieron los planteamientos económicos de Tomás de Aquino permiten situar al “doctor angélico” en el campo de los economistas, un economista “avant la lettre” si se quiere, pero que mostró una gran agudeza en la percepción y en el estudio de algunos fenómenos que han sido objeto de preocupación por parte de los economistas de todos los tiempos.

Es en la segunda parte de la Suma Teológica, la dedicada a la naturaleza y las consecuencias de las acciones humanas, en la que nuestro autor, trató de problemas y cuestiones inequívocamente situadas en el campo de la ciencia económica y mis reflexiones están centradas exclusivamente en esta parte de la obra.

Sin embargo, es preciso, para entender adecuadamente lo que representó su aportación plantear algunas ideas generales. Tomás de Aquino renovó, casi revolucionó, los planteamientos dominantes en materia económica aceptados entonces por la Iglesia y, también, por la sociedad europea, dada la influencia determinante de esta institución. Esta renovación, que encontró, por cierto, la oposición de sus compañeros del claustro parisino, se inscribe en un planteamiento general del pensamiento tomista que entendía que las leyes humanas, que los principios que regulaban la organización social no eran inmutables sino que estaban sujetos a modificaciones, guiadas por la razón y derivadas de las necesidades de la sociedad. Rompía así Santo Tomás con la rígida concepción social dominante en el alto medioevo. Este planteamiento es especialmente importante si tenemos en cuenta que la Europa del siglo XIII, en la que vivió Tomás de Aquino era una sociedad que estaba experimentando importantes transformaciones económicas. Tras los siglos de la Alta Edad Media en los que la economía europea había conocido un proceso de agrarización y de cierre en sí misma se abrió una etapa de mayor dinamismo económico. Podemos afirmar que Tomás de Aquino fue el protagonista de un proceso de modernización de “aggiornamento” de los petrificados planteamientos económicos dominantes hasta entonces. Finalmente, es preciso, también señalar que nuestro autor se interesaba por las cuestiones económicas desde una perspectiva ética. Lo que le preocupaba no era describir ni analizar cómo funcionaba la economía. Lo que le interesaba era proporcionar una guía ética cristiana sobre cómo comportarse en los tratos y cuestiones económicas.

El desarrollo comercial y el proceso de revitalización de las ciudades fueron, sin duda, los fenómenos más novedosos de la época bajo medieval. La rígida estructura social característica de la Alta Edad Media con sus tres clases sociales: guerreros, clero y campesinos estaba resquebrajándose. La aparición de una nueva clase de comerciantes introdujo un elemento discordante que rompía la tradicional armonía y era, en consecuencia, objeto de graves recelos. La actividad comercial había sido condenada por la patrística que consideraba ilícito vender un producto por un precio superior al de compra. Esta condena del beneficio comercial no había planteado excesivos problemas durante los siglos de decaimiento del comercio, posteriores a la desintegración del Imperio romano, pero chocaba frontalmente con la realidad de la Europa del siglo XIII en la que el comercio estaba en una fase floreciente. A Tomás de Aquino le debemos la actualización del pensamiento económico sobre la actividad comercial. Para Tomás de Aquino no todo el comercio y el beneficio correspondiente era siempre moralmente ilícito. Si el comerciante actuaba en beneficio de la colectividad, suministrándole productos necesarios, o trasladaba y conservaba bienes necesarios o dedicaba parte de sus ganancias en favor de los necesitados su actividad podía considerarse lícita y el beneficio una compensación por su trabajo. Simultáneamente insistió en una idea que no terminó de perfilar analíticamente pero que tiene una gran trascendencia: el beneficio tenía que ser justo, no podía ser abusivo. Parece condenar los beneficios que se obtienen desde posiciones de privilegio; parece estar condenando los precios de monopolio muchos siglos antes de que estos problemas fueran objeto de análisis por los economistas. Tomás de Aquino, con su enorme autoridad, abrió a los comerciantes la vía para que pudiesen situarse en una posición social respetable desde un punto de vista ético.

Igualmente renovadores fueron sus planteamientos en lo que concierne al cobro de intereses en las actividades de préstamo. Para los autores de la patrística el cobro de intereses en el préstamo se consideraba ilícito y estaba condenado como usura. Adviértase que en aquéllos momentos se consideraba usura a cualquier tipo de interés, aunque fuera muy bajo. Se partía de la consideración de lo que se denominaba esterilidad del dinero. El dinero en sí mismo no producía nada. Tan sólo el trabajo lo hacía productivo. Desde ese punto de partida resultaba lógica esa condena del cobro de intereses. También en este campo Tomás introdujo cambios esenciales. Así, empezó a deslindar diferentes tipos de préstamos. No era lo mismo prestar a alguien para que pudiese satisfacer una necesidad de consumo, que prestar a un comerciante para realizar una operación comercial. En el primero de los casos, en los préstamos para el consumo, el cobro de intereses resultaba condenable. Sin embargo, su postura era más flexible en el segundo de los casos. Es muy interesante exponer, siquiera sea brevemente, las razones que daba Santo Tomás para romper la arraigada condena de la usura. Razones o argumentos que resultan muy modernos. Por una parte, entendía que el prestamista, dado que asumía el riesgo de perder lo prestado si el comerciante perdía su mercancía por robo o por hundimiento del barco en el que se transportaban las mercancías o por la razón que fuese, era lógico que también pudiese participar en los posibles beneficios de la operación si ésta concluía con éxito. Con estos planteamientos la teoría de la esterilidad del dinero quedaba completamente cuestionada.

Uno de los problemas económicos que más preocupó a los filósofos, teólogos y pensadores desde la antigüedad había sido el de los precios. Resultaba difícil aceptar que los precios de un bien pudiesen ser muy distintos en diferentes momentos o lugares al igual que resultaba paradójico el que algunos bienes muy necesarios para la vida, muy valiosos en términos vitales, tuviesen un precio más bajo, en ocasiones incomparablemente más bajos, que los de otros bienes que no resultaban vitales. Incluso algunos bienes como el aire o el agua eran (ahora ya no lo son) libres. En contraste, las piedras preciosas o el oro tenían precios muy altos. Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, perfeccionó unos conceptos económicos de gran interés. Había que distinguir entre dos tipos de valor de las mercancías: el valor de uso o utilidad y el valor de cambio. Un bien podía tener un alto valor de uso como el agua, el aire o el pan y un bajo o nulo valor de cambio. A la inversa, un producto como una piedra preciosa podía tener un alto valor de cambio pero su utilidad para la vida era pequeña. Resuelta esta paradoja permanecía abierta la otra cuestión ¿por qué los precios de las cosas podían ser tan diferentes? Nótese que a nuestro Santo Patrón lo que le preocupaba es que en esa diversidad se produjesen situaciones de injusticia. Lo que intentaba buscar era una norma que evitase que en una transacción una parte se beneficiase en perjuicio de la otra. Para que esto no sucediese las cosas se tenían que cambiar o vender por un precio justo, por su auténtico valor. Tomás no desarrolló este concepto y no nos dio la clave de cómo poder llegar a determinar el precio justo o valor de los bienes. Aunque en nuestros días los economistas hablamos de precios de mercado y de distintos mercados, la preocupación por el problema del verdadero valor de los bienes fue un problema que ocupó a los economistas clásicos desde Smith a Marx pasando por Ricardo y que produjo resultados analíticos de gran interés. Por lo demás, la idea de justicia en las relaciones comerciales ha alcanzado en nuestros días un cierto resurgimiento entre organizaciones preocupadas por la situación de pobreza de los países atrasados que insisten en la necesidad de un comercio justo con los países ricos.

Finalmente me referiré a otra cuestión económica a la que el Doctor Angélico dedicó también su atención y en la que también supo introducir cambios de interés, que es el problema de la propiedad. Los Padres de la Iglesia se habían mostrado recelosos frente a la propiedad privada. En algunos casos la habían condenado sin paliativos, calificándola de robo. En la época histórica en la que le tocó vivir a Tomás, una época de crecimiento de la riqueza y de la propiedad privada, mantener que era un robo era difícilmente sostenible. A Santo Tomás le debemos una distinción analítica fundamental que es la diferencia entre la propiedad y el uso de la misma. Defendió que la propiedad era legítima, pero que tenía sus límites. Los bienes terrenales los había dispuesto Dios para el sustento de todos los hombres, de manera que el uso de los mismos tenía que satisfacer las necesidades de todos ellos. La consecuencia era que el que tenía un exceso de bienes estaba obligado a compartirlos. Aún más, en caso de extrema necesidad, podía el necesitado tomar aquellos bienes necesarios para su vida, del que los tuviera en exceso. Si bien es cierto que no nos encontramos ante definiciones y magnitudes precisas (p. e. ¿a partir de qué nivel la riqueza era excesiva? ¿dónde estaba el límite de la necesidad?) el fondo de la reflexión de Tomás es muy claro y contundente: el derecho de propiedad no es absoluto, la propiedad tiene obligaciones en razón de la caridad y la justicia. Estos planteamientos, tras la época de la revolución burguesa y liberal, en la que se consagraron concepciones absolutas de la propiedad, retomaron en Europa su vigencia y hoy nadie discute que el derecho de propiedad tiene límites. Buena parte de los fundamentos de esta concepción los podemos encontrar hoy en día en Aquino, aunque los límites al derecho de propiedad absoluto se fundamentan en una variedad de conceptos que se encuentran alejados del de la caridad. También se preocupó Aquino por un tipo particular de propiedad: la que ejercen unos hombres sobre otros, la de la esclavitud. En este campo hay que señalar que Tomás mantuvo el principio de que la esclavitud era una institución creada por los hombres y derivada del conjunto de males provocados por el pecado original. A pesar de esta aceptación de la esclavitud, que a nuestros ojos es sin duda decepcionante, Tomás advirtió de que el derecho de los propietarios sobre los esclavos también tenía sus límites y defendía, por ejemplo, el derecho de los esclavos a tener familia y a no ser separados y a recibir un trato digno. Si recordamos que la lacra infame de la esclavitud, en sus versiones más crueles, ha llegado hasta nuestros días, hay que reconocer que los planteamientos de Santo Tomás supusieron un avance para su época.

En conclusión, podemos decir que nuestro patrono fue uno de los más destacados economistas de su época, que se ocupó de los grandes problemas económicos, en particular en su vertiente ética, y que ofreció respuestas progresistas y adecuadas a su tiempo.

Por último, no me resisto a hacer una pequeña concesión a la nostalgia que nada tiene que ver con el economista Tomás de Aquino. Es probable que todos los presentes de mi generación y, por supuesto, de generaciones anteriores lo sepan; pero, por si acaso, quiero recordar que Santo Tomás de Aquino fue el autor de dos de los cánticos que tantas veces repetimos en nuestra niñez. Dos bellos cánticos, por cierto. Me refiero, muchos lo sabréis, al Tantum ergo y al Pange lingua.

Permítanme que mis palabras finales en este acto de la festividad de Santo Tomás de Aquino se dirijan de nuevo a los nuevos graduados, licenciados, arquitectos, ingenieros y doctores aquí presentes como destacados representantes de nuestros estudiantes.

Vosotros sois un ejemplo destacado de la labor que se desarrolla en nuestra Universidad, y por ello, en nombre de toda la comunidad universitaria, os reitero el orgullo y la felicitación por el éxito que habéis obtenido.

Permitidme también que no me despida de vosotros, puesto que, aunque vuestros destinos discurrirán en adelante por caminos diversos, nunca dejaréis de formar parte de la Universidad de Alicante.

Muchas gracias.

Oficina del Rector


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