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Apertura del II Congreso Internacional de Cooperación al Desarrollo

Alicante, 15 de noviembre de 2007

La emigración no es algo divertido, una muestra de capricho o del espíritu de aventura, aunque hay mucho de aventura, en general involuntariamente asumida, en el fenómeno migratorio. Cada intento individual de emigración suele ser la consecuencia de una elección dura, frecuentemente trágica, dictada a veces por la necesidad de sobrevivir, y siempre por la voluntad de escapar a la ausencia de esperanzas y de procurar una vida mejor para uno mismo y los seres más próximos. Conocemos muy bien, por otra parte, los motivos esenciales que han impulsado en las últimas décadas, en la era de la globalización, esa elección crucial: el crecimiento de las desigualdades internas e internacionales, la posibilidad de percepción de las mismas abiertas por la difusión de los medios de comunicación globales, la facilidad y el abaratamiento de los transportes internacionales.

A la inversa, la inmigración es un motivo de orgullo, que debiera ser humilde y solidario, para los países que los emigrantes escogen como destino, islas de prosperidad y de cierta libertad en un océano de dificultades económicas y, tantas veces, de opresión política, cuando no de violencia abierta.

Y sin embargo, pese a la evidencia de que la inmigración ha cumplido y cumple funciones decisivas en el funcionamiento de las sociedades de acogida; pese a que somos conscientes de que nuestras sociedades sobrevivirían mal, tal vez ni un solo instante, sin el aporte del “continente móvil” que las migraciones internacionales fundan; pese a que sabemos bastante bien que la emigración es un fenómeno controlable, pero inevitablemente creciente, y desde luego necesario para la continuidad de nuestras sociedades, tendemos a centrarnos en los problemas que genera.

No debiera extrañarnos, ya que las migraciones representan hoy uno de los principales factores de transformación demográfica, económica, social y cultural, tanto en los países emisores como en los receptores, dado que no es fácil establecer una clara distinción entre países de origen y países de destino, puesto que muchos países son ambas cosas. Y las corrientes profundas de cambio crucial son ciertamente una fuente de ansiedad y de temor, alimentados por lo desconocido, lo incierto, lo inseguro, que dificultan, como quería Popper, la utilización de “la razón de que disponemos para planificar con vistas a mantener tanto la seguridad como la libertad”; la libertad que siempre implica riesgos, la seguridad sin la que el riesgo sólo implica amenazas, no oportunidades.

Para centrarme en el terreno de la economía, si me conceden un breve desvío al terreno académico del que provengo, ni un solo informe científico solvente -y conocemos varios relativamente recientes- ha refutado la hipótesis de que, en nuestro país, la reciente y sin parangón oleada migratoria haya contribuido a alargar la fase expansiva del ciclo varios años más, mejorado la convergencia del PIB por habitante con la Unión Europea, contribuido al superávit de las finanzas públicas, retrasado las dificultades de financiación de las pensiones y moderado el aterrizaje de los problemas en el mercado de la vivienda, si bien ha acrecentado el abultado déficit corriente exterior de la economía española. Y, por supuesto, la evolución de las tasas de actividad y del empleo en los últimos años ha desmentido la peligrosa e interesada tesis de que dichas ventajas económicas se hayan cumplido a costa de los nativos, aunque, por otra parte, el fuerte aporte laboral inmigrante haya contribuido a la moderación de los salarios y a una flexibilidad del conjunto del mercado de trabajo no siempre globalmente positiva.

Tanto en los países emisores como en los receptores, sin embargo, el fenómeno migratorio se ha vivido en las últimas décadas de forma escindida, como necesario e indeseado al mismo tiempo. Y sólo en los últimos años empieza a abrirse paso una visión según la cual las migraciones internacionales son observadas desde el prisma de la oportunidad y no del miedo, como el laboratorio de un nuevo mundo que podría mitigar las enormes desigualdades que caracterizan nuestro tiempo, discutir un puñado de resistentes ideas preconcebidas, comprender y superar las consiguientes perspectivas adversas, identificar preocupaciones comunes y poner a prueba prácticas de suma positiva para todos los actores implicados: los migrantes mismos, sus países de origen y las sociedades de acogida.

De hecho, cada vez hay más evidencias de las ventajas que la migración puede aportar. Por poner un solo ejemplo, en el año 2006 los emigrantes enviaron a sus países remesas por una cantidad que triplicaba toda la asistencia internacional combinada. En algunos países, muchas familias dependen de esos fondos para su mera subsistencia. En todo el mundo en desarrollo, las remesas sustentan financieramente la atención de la salud, la educación y las pequeñas empresas.

Las remesas sin embargo, no son todo, ni tal vez lo esencial. Además del dinero, los migrantes también utilizan su experiencia laboral y vital y la formación adquirida para transferir tecnología, capital social y cultural y conocimiento institucional, que inspiran nuevas formas de pensamiento respecto de problemas políticos y sociales, y constituyen un vínculo dinámico entre culturas, economías y sociedades.

Cierto, la migración es un hecho que despierta fuertes emociones, un terreno controvertido y contestado, que suscita recelos en las dos orillas implicadas, y que no está exento de problemas. Contribuye a la fuga de cerebros y priva a los países en desarrollo de valiosos recursos humanos. Divide familias. Genera tensiones y choques culturales. Hace posible, en ocasiones, una explotación despiadada. Prospera en base a las actividades delictivas de las mafias que trafican con personas. Puede alentar procesos de aculturación indeseables o, incluso, propiciar amenazas terroristas.

Pero cada vez conocemos mejor las posibles respuestas frente a estos peligros, así como las medidas que hay que implementar para que la migración redunde en beneficio de todo el mundo, incluidos los países en desarrollo, y las claves para conseguirlo, unos pocos valores esenciales que la humanidad puede compartir: aceptación de la pluralidad de la experiencia humana, respeto atento, discusión franca de los aspectos apreciables y aborrecibles de todas las culturas, mutua receptividad, búsqueda, en fin, de un verdadero universalismo compartido.

Creo que ésta es la lección esencial que intenta transmitirnos el concepto de “codesarrollo”, sobre el que versa este Congreso, del que cabe esperar aportaciones originales e incisivas, el fortalecimiento de relaciones de mutua confianza y el examen de nuevas formas de cooperación, que en ningún caso debieran sustituir la ayuda a la cooperación ni el debate sobre el desarrollo.

Señoras y señores:

La Universidad de Alicante se siente honrada por la celebración de este Congreso en su recinto, persuadida de la oportunidad del asunto que aquí y ahora nos reúne.

Quisiera, en primer lugar, agradecer a la Generalitat Valenciana, representada por el Conseller de la nueva Conselleria de Inmigración y Ciudadanía, en muestra de la creciente importancia y visibilidad de la política migratoria, la confianza demostrada en nuestra Universidad y en el conjunto de las Universidades públicas valencianas, organizadoras del evento.

También a las autoridades públicas presentes, que generosamente han colaborado al buen fin de la celebración de este Congreso que hoy se inicia.

Y, naturalmente, a los conferenciantes, académicos, investigadores, asociaciones de inmigrantes, organizaciones no gubernamentales, la sociedad civil y el sector privado, con la participación destacada de la Caja de Ahorros del Mediterráneo y de Bancaixa, que, estoy seguro, han dotado, con sus aportaciones, de fructífero contenido al acontecimiento.

Asimismo, quisiera referirme a la espléndida experiencia de colaboración entre las Universidades valencianas, un hábito desafortunadamente poco practicado, pero del que se derivarían, si se entendiera adecuadamente su importancia, innumerables ventajas para todas ellas, entre las que no es menor un mejor y más amable conocimiento mutuo.

Y por último, mi reconocimiento al equipo de personas representadas por el Director del Congreso, el profesor Jorge Hurtado, que ha sumado esfuerzos para la consecución técnica y logística de este encuentro.

Muchas gracias.

Oficina del Rector


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