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Pregón de las fiestas de Calpe

Calpe, 21 de octubre de 2015

¡Muy buenas noches a todas y a todos! 

Cuando recibí de vuestro alcalde, César Sánchez, el encargo de pregonar las Fiestas Patronales y de Moros y Cristianos de Calpe no sólo consideré la petición un honor y un privilegio, sino un signo más de los vínculos que unen a la universidad que represento con la ciudad de Calpe. La encomienda fue también, personalmente, un motivo de orgullo y de alegría. De responsable alegría. 

¿Por qué? Porque fue en unos días muy lejanos, allá por 1983, que conocí, por primera vez, Calpe, sus playas, sus fiestas y sus gentes, su bullicio y sus raíces, su ritmo calmo y pausado en las plazas y en las calles, agitadas por los juegos y gritos de los niños, y el estallido insomne de sus celebraciones y sus júbilos. 

Y desde aquella primera vez, tantas veces me he asomado y entrado en vuestra ciudad que, puedo decir, he sido testigo de la asombrosa transformación de Calpe. 

Entenderéis, entonces, mi orgullo y mi alegría cuando Cesar Sánchez me propuso ser el pregonero de estas fiestas magníficas. ¡Muchas gracias, alcalde! 

Este año, además, se cumplen treinta y ocho años desde que, en 1977, se iniciaran las Fiestas de Moros y Cristianos, de vocación lúdica, en la tradición de tantas poblaciones valencianas.

La trayectoria de la Fiesta de Moros y Cristianos de Calpe se caracteriza por un sorprendente y espectacular desarrollo durante un corto período de tiempo. La Fiesta surgió de la entusiasta iniciativa de un pequeño grupo de festers, y lo que en su día fue una “débil semilla” se ha transformado en un fruto maduro, difícilmente imaginable en aquellos ya lejanos días de 1977.

Fruto de todo esto es el reconocimiento como Fiestas de Interés Turístico.

Pero dejadme deciros, la fiesta es de todos, es una fiesta inclusiva, participativa, emotiva, divertida y sentida. Y son los cargos 2015 los que la representan, la lideran y la guardan. Son los capitanes moro y cristiano Xavier Fernando i Meseguer (de la filada Mascarats) y Carlos Gustems (de la filada Cavallers Templaris) quienes la lideran y máximos representantes de la fiesta; la abanderada María Ángeles Penella quien porta la bandera de la unidad del bando moro y del bando cristiano, lo que se considera un alto honor, las señas de identidad de la fiesta, la bandera mora y cristiana, el orgullo de la fiesta. Y los alféreces Miguel Ivorra Ausina, (de la filada Almogàvars) y Maties Pastor Font (de la filada Moriscos), los generales de los ejércitos moro y cristiano, las manos derecha de los capitanes durante la batalla moro cristiana. Y los embajadores, los que llamados a consultas encumbraran nuestra fiesta y anuncian la batalla a través del recitado emocionado del Miracle. A todos ellos, a los cargos moros y cristianos 2015, quiero felicitarles, darles la más sincera enhorabuena y desearles unas magníficas fiestas representando la fiesta moro cristiana calpina. 

¿Qué significa la Fiesta? No solamente una vacilación en la trama (como si de una representación teatral se tratara), sino la afirmación de seguir vivos, continuadores, elaboradores y reelaboradores de un pasado que configuró nuestra identidad. La confirmación de que existimos, y de que la actualización de la memoria individual y colectiva es la condición necesaria para el logro de saber que somos quienes somos: “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”, como afirmó Cernuda.

No se trata, por tanto, sólo de revivir el pasado, un pasado remoto y nimbado por la leyenda y el mito. No es cuestión, como motivo único, de recuperar un tiempo perdido, el tiempo de nuestros ancestros como un polvo impalpable y recóndito que aún se asienta en nuestras calles, en nuestros edificios, en nuestras rutinas reiteradas e inconscientes, en nuestros recuerdos, sino también de celebrar un presente en el que estriba el pasado y se otea un horizonte posible. 

Es ese aquí y ese ahora el que festejamos, al tiempo que rendimos un emocionado tributo al pasado y a nuestros antepasados, no como un peso inerte, sino como una resonancia que acecha y se insinúa en la feliz agitación de la alegría, en el raudal de las gentes, en el sordo tronar de la pólvora, en el silencio de la misa mayor y la ofrenda de lirios al santo patrón, en la música que tras la entrada de las bandas suena incesante, en la izada de los estandartes, en el tradicional y espectacular desembarco, en el recitado del Miracle, en las embajadas, en el bullicio afable y abierto de las filadas, en el choque conmemorativo de cristales que se vacían para que así podamos mejor vernos, en el fluir de sensaciones y situaciones que somos y en que consiste la vida. 

La vida que pasa, el cada día, el latido anónimo de todos, hecho del latir único de cada uno, un latido en un caudal de latidos, el peso de instantes que no pasan y que desearíamos que no pasaran. Incluso, en ocasiones, que no hubieran pasado. 

Y la Fiesta no espera, la Fiesta nos aguarda, y la noche se espesa reclamando la pólvora, el jolgorio vigilante, la algarabía de la vida que fluye, el desorden del mundo, la suspensión de nuestra impostada normalidad, la consagración de la alegría, el dulce olvido de los males y de las diferencias en el hermanamiento de la Fiesta que iguala y reúne en su locura transitoria y embridada. 

Una ciudad es un inmenso depósito de memorias individuales y referencias comunes. Es, en definitiva, memoria del espacio y del tiempo, el registro de colecciones de sucesos que han transformado el lugar y de acontecimientos asentados en la memoria colectiva tras pasar por el tamiz de la duración, el tiempo largo de la historia. 

Nada perdura, sin embargo, si no somos capaces de darle nombre, de nombrarlo, de inscribirlo en una narración, en un relato, que les aporte urdimbre y razón: (de darle, en fin) significado. Ni las sierras ni las huertas que no hablan, ni sus monumentos silenciosamente pétreos, ni sus calles sigilosas, ni la reverberación de sus soles, ni los pasos callados o tumultuosos del agua. Somos el tiempo que en nosotros se piensa y se entierra, el espacio que permanece en la forzosa mudanza. 

Me gusta pensar en los pregones como parte de ese relato anualmente reiterado en el que se mira Calpe. Me place pensar en Calpe como el continente de mis sueños menudos y como el contenido de sus significados, a los que quisiera añadir un gramo más de espesor sobrepuesto, una nueva capa del mismo barniz, siempre igual y siempre diferente. 

¡Festeros y festeras, calpinas y calpinos, que la fiesta comience! 

En nombre de la Universidad os deseo felicidad, felicidades para todos los agentes activos de la Fiesta, festeros y festeras, y para los alegres partícipes, los calpinos y las calpinas de origen y todos aquellos que, acogidos en la ciudad en tiempos más recientes, la sienten ya como su casa, como la promesa de una integración duradera en un entorno que ha conseguido aunar el calor y la intimidad de un pueblo y los servicios, provisiones y oportunidades de una ciudad con futuro y que prospera. 

Y, como alguien escribió, inolvidablemente: 

 

“Sin embargo, es la víspera.

Recibamos todo el influjo del vigor y de real ternura.

Y al alba, armados de una ardiente paciencia,

entraremos en la ciudad espléndida de Calp”.

 

¡Buenas fiestas!

¡Viva el Santísimo Cristo del Sudor!

¡Viva Calpe!

 

¡Muchas gracias! 

Oficina del Rector


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