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Pregón, como mantenedor, de las Fiestas de Moros y Cristianos de Ibi

Ibi, 10 de septiembre de 2016

Muy buenas noches.

Quisiera, en primer lugar, agradecer, en la persona de su presidente, José María Rodríguez Mellado, a la Comisión de Fiestas de la Federación de Comparsas de Moros y Cristianos de Ibi, su amable invitación para que oficiara como Mantenedor en las celebraciones de hogaño, que confieso que asumí sin sólidos conocimientos sobre la localidad y sus tradiciones, pero con la corazonada de que su trayectoria, a lo largo del último siglo, no solo era una historia de superación, de resiliencia, de adaptación innovadora, de aprendizaje y, en definitiva, de éxito, sino, también y por tanto, un ejemplo para toda la provincia en los borrascosos tiempos que arrastramos.

Cierto es que nunca hubo tiempos que no fueran difíciles, pero en los presentes la tasa de cambio es tan acelerada y la magnitud del mismo tan profunda que, si, de un lado, nos promete oportunidades, innovaciones, crecimiento, transformación de nosotros mismos y del mundo, de otro, amenaza también con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos: los anclajes, en fin, de nuestras vidas.

Ibi ha conocido de cerca, en las crisis sucesivas desde los años 80, esa amenaza, y sin embargo ha sabido reinventarse concienzudamente, y adaptarse a las transformaciones en la estructura productiva y a las oscilaciones de los mercados, en base a una fuerte cultura industrial, conservando, sin embargo, un claro sentimiento de comunidad y sólidos vínculos interhumanos, patentes en la fiesta que, precisamente, hoy celebramos.

Verán, en las últimas décadas se ha impuesto un discurso que sostiene que nuestras economías se han transformado radicalmente. Que hemos accedido a una era “postindustrial”, y que la industria manufacturera ha perdido relevancia, en favor de servicios basados en el conocimiento.

En tiempos más recientes, con la generalización de internet, la progresiva financiarización de la economía y el surgimiento de la “economía del conocimiento” muchos, incluso, argumentaron que la capacidad de generar, procesar y producir información y conocimiento en vez de bienes se había vuelto crucial. Y que aquellos sectores basados en los mismos pasarían a ser los sectores de vanguardia en los países desarrollados que estaban experimentando la desindustrialización. La industria manufacturera era considerada, en consecuencia, una actividad de categoría inferior, que convenía trasladar a los países en desarrollo con mano de obra más barata.

No voy a discutir aquí y ahora hasta qué punto, en muchos países desarrollados, la caída de la participación del sector manufacturero en el PIB es solo aparente.

Tampoco voy a detenerme en el hecho de que el sector industrial ha sido, desde siempre, el motor y el centro de aprendizaje de la economía, de modo que muchas de las innovaciones organizativas del sector manufacturero han sido transferidas al resto de los sectores, y singularmente a los servicios.

Pero sí llamaré la atención sobre el hecho de que la calidad del “conocimiento”, antes que la naturaleza física de las cosas producidas, fue siempre, y no solo ahora, la que enriqueció a los países más desarrollados desde la Primera Revolución Industrial. Y que, como bien saben vuestras empresas, muchos de los servicios de alta productividad (como diseño, ingeniería, consultoría, los servicios de información o de I+D, la informática, el marketing, etc.) son tantas veces servicios para productores, cuyos principales clientes son empresas industriales.

Vivimos, pues, si se quiere, en sociedades postindustriales desde el punto de vista del empleo, si obviamos la subcontratación y la reclasificación estadística de muchas actividades de servicios, cuyas destinatarias finales son empresas industriales.

Abandonemos, pues, la peligrosa ensoñación de una sociedad desindustrializada, tanto más si tomamos en consideración que las sociedades que mejor han resistido los embates de la reciente crisis son, precisamente, aquellas que siguen contando con una alta proporción de la industria en la producción e, incluso, en el empleo (de Alemania a Corea del Sur, de Suiza a Singapur).

Afortunadamente, Ibi, como otras, aunque insuficientes, localidades de nuestro país, supo, y ha sabido más recientemente, eludir ese riesgo. Y hacerlo desde la iniciativa de sus propios vecinos, que, en un proceso de continuo aprendizaje y de constantes incrementos de la productividad, han explotado con éxito habilidades decantadas a lo larga de décadas.

Permítanme, por tanto, decirlo sin ambages: si hubiera más Ibis en nuestra provincia, ésta no estaría sumida en el estancamiento que tantos indicadores revelan. Y, sobre todo, no vería cegado su futuro y ganaría autosuficiencia y confianza.

A diferencia, además, de otras localidades de la provincia no fueron los dones naturales de Ibi los que determinaron su fortuna. Bien al contrario, una tierra escarpada y poco fértil, un clima árido y la escasa extensión del término municipal limitaron el crecimiento económico y demográfico de un municipio plenamente dependiente de un sector agrícola para cuya explotación no gozaba de buenas condiciones durante el siglo XIX y buena parte del XX.

En la ocasión, sin embargo, la geografía no selló su destino. La alternativa, en efecto, a una agricultura de secano poco productiva fueron el comercio de la nieve y la industria heladera derivada de dicha actividad, que supo expandirse por España y aun el extranjero desde fines del siglo XIX, poniendo a Ibi, por primera vez, en el mapa y exponiendo a sus vecinos al contacto con un mundo tan ancho como ajeno.

Que no hay sectores condenados a la desaparición, sino tecnologías obsoletas es, además, un hecho que en Ibi empezó a corroborarse desde fines del siglo XIX, cuando unos hojalateros, que fabricaban utensilios domésticos –candiles, lecheras, aceiteras, moldes para helados, etc.- decidieron replicar a tamaño reducido los objetos que vendían habitualmente en las ferias y mercadillos de la comarca, aun cuando Ibi carecía entonces de ferrocarril y carreteras, y únicamente disponía de caminos de carne, de vías pecuarias con Alcoy, Villena y otros núcleos próximos.

Y puesto que los que manufacturaban las hojalatas, las transportaban para su venta en una tartana tirada por un burrito, la tartana pronto fue incorporada como un juguete deseado por los niños y niñas de sus habituales clientes, con un éxito tal que hoy es símbolo del pueblo y el máximo galardón que concede la Villa de Ibi a las personas y entidades que se hacen merecedoras de reconocimiento público.

Desde aquel lejano 1910, hace más de un siglo, cuando Ibi tenía poco más de 3.500 habitantes, hasta los años 50 del pasado siglo, cuando se inicia el boom juguetero, sin embargo, la industria no descansó y afinó sus estrategias, diversificó y personalizó los productos, introdujo réplicas de utensilios modernos e incorporó el color.

Pero es a partir de los años 50 y, sobre todo, de los 60 y 70, que los equilibrios sociales que, hasta ese momento, habían permanecido casi inmutables, se trastocan, y la demanda de mano de obra hace crecer desmesuradamente la población ibense, que pasa de 4.000 habitantes en 1950 a 20.000 en 1980.

Es decir, en solo tres décadas la población de Ibi se quintuplica y se modifica su composición. Si desde que hay registros demográficos, y a lo largo de casi un siglo, los vecinos de Ibi oscilaron entre los 3.000 y los 4.000 habitantes, con una escasa participación de inmigrados de localidades colindantes, normalmente por lazos matrimoniales, a la conclusión de esas tres décadas prodigiosas Ibi muta radicalmente.

Donde predominaba una población autóctona, culturalmente homogénea y absorta, los llegados al calor del gran despegue económico pasaron a representar dos tercios de sus moradores. Y donde había anidado la desconfianza hacia los “otros”, los desconocidos, los forasters, se instala lo diverso, lo múltiple, la mixtura, un proceso inevitablemente largo y no exento de riesgos y fracturas.

El vector esencial de ese cambio formidable, al mismo tiempo cultural y demográfico, fue la industria juguetera, una industria vibrante y protegida, que, sin embargo, ya en los años 80 sufrió el embate de la doble competencia de los juguetes de alta calidad procedentes de la entonces Comunidad Económica Europea, a la que España empezaba a incorporarse, y de los productores con mano de obra mucho más barata del Sureste asiático y otros países de nueva industrialización.

Afortunada, pero nada extrañamente, tanto el sector como Ibi supieron responder al desafío y reinventarse gracias a las economías externas de localización, que permiten una mayor especialización en un denso tejido de pequeñas y medianas empresas, posibilitando la obtención de economías de escala y de aglomeración, una elevada diferenciación del producto final y una gran flexibilidad productiva.

Tras la crisis de los 80, asistimos, pues, en Ibi a un proceso de diversificación industrial, en buena medida inducida por la reestructuración del sector juguetero, por la que las grandes fábricas externalizan diversas fases de la producción, promoviendo la creación de pequeñas empresas especializadas, que realizan actividades auxiliares y complementarias, abasteciendo de productos semielaborados a las empresas jugueteras.

Esa misma elevada especialización facilitará, sin embargo, que dichas pequeñas empresas cobren autonomía frente al juguete, y posibilitará el suministro de productos a empresas pertenecientes a otros sectores, de modo que, pese al peso que aún conserva el sector juguetero, en Ibi se dan cita desde los años noventa las industrias más diversas: plásticos, transformados metálicos, matricería, moldes, embalajes, siderurgia, automoción, etc., conformando un área de fuerte especialización en la subcontratación de procesos industriales, con más de 500 empresas, que cuenta, además, con el tercer polígono industrial más grande de la provincia, pese a ser Ibi por población el municipio número 21 de la provincia.

En el caso de Ibi, además, importa resaltar el papel jugado por un conjunto de agentes institucionales y sociales, como IBIAE, la Asociación de Empresarios de Ibi, o AEFJ, Asociación Española de Fabricantes de Juguetes, cuyas acciones concertadas juegan un gran papel, al facilitar la colaboración entre los propios empresarios y la puesta en marcha de iniciativas que benefician al sistema productivo local en su conjunto, en alianza con el Instituto Tecnológico del Juguete (AIJU) y otros centros de investigación, como la misma Universidad de Alicante.

En este terreno, sin embargo, mi impresión, solo mi impresión, es que queda mucho por hacer. Las administraciones deben apoyar más central y sistemáticamente a las empresas que conforman la base de la economía local. Y estas, a su vez, deben colaborar más entre sí tanto para superar, en muchos casos, las limitaciones de su escaso tamaño en orden a abordar transformaciones y problemas de gran magnitud y de orden global, como para asociarse en el acceso a determinados inputs y servicios en los que la colaboración interempresarial rendiría más réditos que las soluciones individuales y la competencia.

Ibi es, de todos modos, mucho más que economía, mucho más que trabajo, aunque la tenacidad emprendedora y el trabajo definen su médula. Es, además, una ciudad amable, acogedora, integradora. Basta, para saberlo, con repasar su evolución demográfica, constante y pujantemente ascendente desde los años 50 del pasado siglo hasta la actualidad.

En consecuencia, una localidad que desde hace más de seis décadas lleva acogiendo a personas nacidas en otros lugares se ha consolidado como un lugar de convivencia, de pluralismo moral, fusor de culturas diversas y en el que el carácter emprendedor de sus gentes se alió con la comprensión de que no hay una única forma de responder a la pregunta sobre cómo hay que vivir.

Ibi es, por supuesto, además, sus celebradas y numerosas fiestas, y de entre ellas la que me ha traído aquí, en su compañía: las Fiestas patronales de Moros y Cristianos en honor de la Mare de Déu dels Desamparats, una fiesta que es, al mismo tiempo, una celebración religiosa, tradicional y lúdica, como muchas otras que se ofician en nuestra geografía.

Que es una festividad de carácter religioso se deduce del hecho de que las fiestas patronales tienen su origen en la devoción al patrono o patrona de cada localidad, y en agradecimiento a la intercesión demandada a los mismos frente a las calamidades y desastres, siempre acechantes, que podrían abatirse sobre las comunidades (sequías, catástrofes naturales, guerras, pandemias, etc.).

En el caso de Ibi, por ejemplo, es a partir 1731, cuando llega a la localidad la primera imagen de la Virgen de los Desamparados, que empiezan a celebrarse las fiestas de septiembre, de modo que, como ha puesto de relieve José María Ramírez Mellado, el enciclopédico cronista de estas fiestas y el presidente de su Comisión, la Fiesta se encuentra indefectiblemente ligada a la devoción mariana, una devoción documentada desde 1586 y que está en el centro de cada uno de los eventos importantes que la jalonan.

La tradición histórica se nutre de distintas fuentes, con origen en la confrontación moro-cristiana del medioevo, pero actualizada por acontecimientos posteriores, desde la presión conquistadora turca y la piratería berberisca sobre nuestras costas, que instituyeron la Soldadesca, antecedente de las actuales comparsas, que todas las poblaciones concernidas tenían la obligación de mantener, hasta las guerras coloniales de fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX en el norte de África.

Finalmente, está, sin más, la fiesta, la exaltación de la comunidad, de la fraternidad y de la alegría, el cemento anualmente revocado de la sociedad, el envoltorio de nuestras escasas certidumbres en un mundo incierto e inseguro, cuando la comunidad, la familia, la religión, la nación, la autoridad e, incluso, la identidad o el sentimiento de pertenencia a una clase se están viendo zarandeados por un viento inclemente desatado por fuerzas que no comprendemos ni, mucho menos, controlamos.

La Fiesta existe, por tanto, para que el tiempo no nos borre, para conservar el recuerdo de lo que hemos sido y constatar en qué nos hemos convertido, para aunar memoria de nuestra historia común y deseo de un presente que no cesa de cambiar. Para seguir sintiéndonos vivos, eslabones en la cadena del ser y de la vida y en la reiteración de una fiesta centenaria, presente eterno que se hace historia y se replica a sí mismo, persistencia que el tiempo modifica.

Y es que algunas tradiciones, como esta Fiesta que celebramos, son los arrecifes de coral de nuestras vidas, el ancla de nuestras biografías, la confirmación, un año más, de que estamos vivos y la celebración de este hecho y de la vida con nuestros seres más queridos, los que siempre nos acompañaron y acompañan; los que, conociendo mejor que nadie nuestros indefectibles defectos, sin embargo, aprendieron a apreciarnos; los que, colaborando estrechamente en el trabajo se disponen a compartir también los espacios y los tiempos de su ocio festivo.

Creo saber que la trama de una comunidad viene confirmada por su historia y sus tradiciones compartidas, sus costumbres y hábitos comunes, que las fiestas conmemoran.

¿Y qué es la fiesta? Por supuesto, de entrada, una suspensión temporal de la rutina, un quebrantamiento de los usos ordinarios, unos días de estupor sin arcilla, un aviso a la gente para que recupere el sentido profundo de la amistad nunca perdida, siempre recuperada, el placer de estar juntos, la conversación infinita, como si nunca se hubiera interrumpido.

Como si hablar y haberse conocido fuera lo más común en sus vidas. Como si al reír juntos respirasen juntos. Como si todas las comparsas que comparten la fiesta y sus espectadores fueran un único corazón discordante pero unísono.

Un corazón que se balancea al compás del delirio hipnótico de la música cuando esta arrecia, que se complace en el olor acre de la pólvora, en la fascinación de los bordados, en el rumor y el roce del juego interminable, en el raudal de público, en el tronar incesante de la pólvora, en ese breve tiempo inhábil y festivo de intensidad madura, como de vino constantemente renovado en odres viejos, cuando septiembre nos regala la feliz sonrisa del que ha bebido en demasía.

Pero dejadme deciros, la fiesta es de todos, es una fiesta inclusiva, participativa, emotiva, divertida y sentida. Y son los cargos 2016 los que la representan, la lideran y la guardan. Son los capitanes moro y cristiano … (de …) y … (de …) quienes la lideran y máximos representantes de la fiesta; Las abanderadas quienes portan la bandera de las comparsas del bando moro y del bando cristiano, lo que se considera un alto honor, las señas de identidad de la fiesta, las banderas Mora y Cristina, el orgullo de la fiesta. A todos ellos, a los cargos moros y cristianos 2016, quiero felicitarles, darles la más sincera enhorabuena y desearles unas magnificas fiestas representando la fiesta moracristiana ibense

Déjenme ir terminando, porque, como suelo decir, lo breve, tanto si bueno como si malo, mejor.

¿Qué me ha enseñado Ibi?

Lo que he aprendido de Ibi es que el azar es buen socio de la necesidad.

Que la innovación es más probable en el sector industrial, que, además, de crear vínculos y eslabonamientos con otras industrias, genera más externalidades positivas para el resto de la economía.

Que la mayoría de las mejoras en los niveles de vida son resultado de los aumentos en la productividad, y que los incrementos en la productividad son endógenos, resultado de un aprendizaje acumulativo y continuo.

Que la localización del conocimiento (tanto a nivel espacial como tecnológico) permite no solo aprender-haciendo sino aprender a aprender aprendiendo; es decir, aplicándose a hacer cada vez mejor las cosas mediante innovaciones sucesivas.

Que nada de esto hubiera sido posible sin el apoyo explícito y la voluntad constante de un pueblo admirable, laborioso, tolerante y proclive a la innovación, con agentes institucionales y sociales activos, siempre dispuesto a encarar el futuro en vez de quedar atrapado en la sal de su pasado.

No es poco. Pero la fiesta, reparadora de los trabajos y los días comunes, nos aguarda, con la seriedad de los motivos religiosos, pero también con la conmemoración de las tradiciones y continuidades que nos dotan de identidad y sentido. Y, por supuesto, con la celebración de la alegría de sabernos vivos y unidos, hombro contra hombro, como cuando desfilan las comparsas, como si ni siquiera la eternidad pudiera cambiarnos.

He escrito en algún otro pregón que una ciudad es un inmenso depósito de memorias individuales y referencias comunes. Es, en definitiva, memoria del espacio y del tiempo, el registro de colecciones de sucesos que han transformado el lugar y de acontecimientos asentados en la memoria colectiva tras pasar por el tamiz de la duración, el tiempo largo de la historia.

Y que nada perdura, sin embargo, si no somos capaces de darle nombre, de nombrarlo, de inscribirlo en una narración, en un relato, que les aporte urdimbre y razón: de darle, en fin, significado.

Me gusta pensar en los discursos y pregones en los que he participado como parte de ese relato anualmente reiterado. Y me place pensar que, desde hoy, formo parte de la historia de Ibi y de su fiesta, aun a escala pequeñísima, del mismo modo que Ibi, de cuya trayectoria tanto he aprendido, ya forma parte de mi historia.

¡Festeros y festeras, ibenses, que la fiesta comience!

En nombre de la Universidad os deseo fortuna, felicidades para todos los agentes activos de la Fiesta, festeros y festeras, para los alegres partícipes, ibenses de origen, y para todos aquellos que, acogidos en la ciudad en tiempos más recientes, la sienten como propia, como la promesa de una integración duradera en un entorno que ha conseguido aunar el calor y la intimidad de un pueblo laborioso y los servicios, provisiones y oportunidades de una ciudad con futuro y que prospera. De una ciudad que no mira hacia atrás y que practica la esperanza activa.

Muchas gracias, y que la belleza de estas fiestas os acompañe. Siempre.

 

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