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Toma de posesión como rector magnífico de la Universidad de Alicante

Alicante, 25 de mayo de 2016

Dejadme, antes que nada, que os dé las gracias por habernos querido acompañar hoy aquí, en el Paraninfo de nuestra querida Universidad de Alicante. Y, especialmente, a nuestro President de la Generalitat, y a todas las autoridades y representantes de la sociedad civil alicantina, vuestra presencia es para mí y para el equipo que me acompaña un motivo de enorme gratitud y reconocimiento, porque representa y hace visible el compromiso que compartimos con esta universidad, con sus valores y con sus objetivos.

Querría, también, mostrar mi agradecimiento al conjunto de la comunidad universitaria por la renovada confianza que ha depositado en mí y en mis equipos rectorales; en el equipo rectoral del pasado mandato y en el que hoy toma formalmente posesión, con las continuidades y los cambios que el tiempo y las decisiones personales dictan y aconsejan.

No diré, en absoluto, que la ausencia de competencia sea buena. Al contrario, la encuentro inconveniente y empobrecedora, ya que el debate de las diferentes propuestas contribuye a mantener viva la conversación pública y la diversidad de opciones en las respuestas a las mismas preguntas, o en la renovación de las preguntas, por parafrasear a uno de nuestros distinguidos honoris causa, Mario Benedetti.

Querría, no obstante, interpretar mi candidatura única como un signo de que, en un tiempo de expectativas menguantes y de grave clausura de oportunidades, nuestro gobierno ha merecido una significativa aprobación, hasta cuando las circunstancias dejaban poco margen para políticas más expansivas y ambiciosas. Y que nuestra gestión ha sido considerada solvente y ajustada a los límites de lo que era posible, pero también creativa y proactiva en respuesta a estos límites.

No puedo sino agradecer, además, a quienes se vieron sometidos a sobreesfuerzos sin recompensa, que hayan confiado de nuevo, con cerca de un 75% del voto emitido, en los que nos vimos obligados a administrar la escasez, racionalizando el gasto, practicando la transparencia, el control analítico y el ajuste continuo en función de resultados, corrigiendo las disfuncionalidades que los nuevos malos tiempos actualizaban o ponían de relieve.

No han sido, no, años fáciles, años en los que sonara una música fácil y tranquilizadora para las universidades públicas ni para su futuro, amenazado en múltiples frentes y por diversos factores y actores, como he tenido ocasión de subrayar en mis intervenciones a lo largo de estos años.

Y es por eso que quiero hacer constar un agradecimiento muy especial a los vicerrectores y a las vicerrectoras que hoy dejan el cargo, y que me acompañaron en el pasado mandato: José Vicente Cabezuelo, Francisco Maciá, Cecilia Gómez y Aránzazu Calzada. Y con ellos y ellas, y a todos los que, de una u otra manera, y en las más dispares responsabilidades, trabajaron y trabajan día a día, codo con codo, conmigo, para que la universidad mejore constantemente en sus funciones básicas, y cobre la visibilidad y la relevancia de futuro que merece. Sinceras y sentidas gracias a todas y a todos.

También, en este capítulo de agradecimientos, querría reconocer al conjunto de la comunidad universitaria, por su implicación, durante el proceso electoral, en el debate sobre la definición de un modelo de universidad de acuerdo con los tiempos; unos tiempos difíciles pero decisivos, en los que nos jugamos un futuro que urge, y en el cual la universidad está llamada a desarrollar un papel decisivo.

Tened la seguridad de que el equipo de dirección que presido, formado por mujeres y hombres de probada solvencia académica y con dilatada experiencia en la gestión, sabrá estar a la altura de los retos que afrontamos en los próximos años. A ellas y a ellos, finalmente, quiero agradecer su indispensable apoyo, su colaboración, implicación y compromiso constante hacia un proyecto de modernización de la educación superior.

La determinación, en fin, de la mejor alianza entre la verdad, la bondad y la belleza. La consecución de una universidad, como he repetido, que ha de comportarse como una organización que aprende, una organización inteligente en la “sociedad del aprendizaje”, un agente activo en la gestión del cambio y en el proyecto de conformar una sociedad competitiva, abierta y plural, que ni olvida ni se muestra negligente con sus señas de identidad ni con su lengua. 

Es por eso que asumo como propio el proyecto de convertir la Universidad de Alicante en una Universidad Socialmente Responsable, una universidad, como señalé en mi discurso de toma de posesión de hace cuatro años, que apuesta por la calidad.

Una universidad que haga de la formación y la investigación, el eje básico de su acción.

Y a tal fin, abierta a recibir las demandas sociales en materia de formación e investigación para nuestro entorno como es el caso de las demandas existentes en estudios biosanitarios como el caso de medicina y el creciente clúster sanitario en nuestro territorio alicantino.

Y, también, tanto el conjunto de propuestas que presenté en mi programa para mejorar la gestión de la investigación, como la apuesta del Parque Científico, complementado por el Parque Tecnológico, han de entenderse como la punta de lanza de un nuevo modelo empresarial basado en la investigación, la innovación y el conocimiento, y en la generación de un empleo de calidad en nuestro entorno.

Una universidad internacionalizada y global.

Tanto el Espacio Europeo de Educación Superior como el Espacio iberoamericano del conocimiento, tienen que ser referencia obligada en la estrategia de la universidad para la atracción de alumnos y profesores y en la promoción de la movilidad internacional, a la búsqueda de nuestra integración en redes transnacionales de producción y transferencia de conocimiento.

Y el Campus Iberoamericano de la UA (CIUA), la prefiguración de un campus de excelencia y una apuesta de futuro que pretende, básicamente, coordinar e impulsar las iniciativas de la Universidad de Alicante en materia de formación, e investigación, con el espacio europeo de educación superior.

Una universidad permeable a los estímulos externos, sensible a la ética de la innovación (tecnológica, económica, social o cultural) y al valor de la creatividad.

Una universidad, también, comprometida con su liderazgo natural en la sociedad del conocimiento, la innovación y el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación.

Una universidad comprometida con la promoción de los valores de una sociedad democrática, solidaria y sostenible.

Y atenta al fomento de los valores cívicos de los que es portadora, incluidas las políticas sociales que ya forman parte de su patrimonio y en las que fuimos pioneros: la solidaridad y el desarrollo sostenible; la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres; la atención a la diversidad funcional; y la atención a la diversidad étnico-cultural y a la diversidad afectivo-sexual.

Una universidad que gestiones los recursos públicos de manera eficaz, eficiente y transparente.

Una universidad, lugar de encuentro de todos los agentes sociales que pueden y tienen que definir la orientación del futuro de nuestro desarrollo, y que tienen que encontrar en ella un espacio encaminado a la calidad y guiado por la competitividad, internacionalizado, abierto, innovador y capaz de asumir el liderazgo en la sociedad del conocimiento.

Estos, entiendo, son los mimbres de una Universidad Socialmente Responsable. ¿Pero responsable ante quién? Ante todo, frente a la sociedad local que es nuestro suelo nutricio, en la que arraiga, y a cuyo arraigo, continuidad y desarrollo debemos seguir contribuyendo. Y lo haremos apostando por una inserción más rica en el tejido económico, social y cultural de la provincia.

En el terreno económico, a través del Parque Científico y del Parque Tecnológico, como referencias de generación de empresas innovadoras y de empleo de calidad, ya que, sobre todo, el objetivo fundamental de un Parque Científico es incrementar la riqueza de la comunidad que lo alberga e impulsa, y constituirse en motor de su desarrollo, promoviendo la cultura de la innovación y la competitividad de las empresas e instituciones generadoras de saber instaladas en el parque o asociadas a él.

Y en el terreno social y cultural, a través de programas específicos que impulsen la comunicación a la sociedad de todas las iniciativas (formativas, investigadoras, tecnológicas, culturales y de responsabilidad social) que tengan su origen en la universidad. Y manteniendo el empeño en nuevas y más ricas formas de colaboración con entidades públicas y privadas en favor de actuaciones y políticas que sean identificadas como decisivas para la redefinición de la posición de la provincia en el conjunto del estado y en un mundo que vive no una época de cambios, sino un cambio de época.

Es también nuestro propósito contribuir a la vertebración de la provincia a través de la consolidación de la implantación territorial de la universidad mediante el desarrollo de la Red de Sedes Universitarias, ampliada a los municipios con los que se tienen acuerdos previos, garantizando una programación estable en cada una de ellas y favoreciendo la interacción entre los municipios de cada comarca y entre las distintas comarcas. 

Verán, la provincia de Alicante, nuestra provincia, es una paradoja. Quinta de España por población y aportación al PIB, ocupa, sin embargo, una posición dolorosamente baja en PIB per cápita y desconcertantemente alta en otros indicadores negativos de desarrollo tales como la tasa de desempleo, la precariedad en el trabajo, la economía sumergida, los niveles salariales o el grado de opacidad.

Y es seguro que, de entre todas las provincias de la Comunitat Valenciana, muy maltratada en términos de financiación y de inversión pública.

No es algo de lo que podamos enorgullecernos, cuando fuimos uno de los territorios más pujantes del estado, con uno de los sistemas de ciudades más equilibrados y una estructura productiva diversificada, que, con la crisis de los setenta, empezó a constatar sus límites. Y que, ya en los noventa, mostraba claros síntomas de agotamiento, pese a las fructíferas reconversiones de algunos sectores productivos, supervivientes pero adelgazados, y a interesantes nuevas experiencias en el tejido económico.

Casi siempre, sin embargo, a espaldas de los poderes públicos, sin contar con suficiente complicidad y apoyo institucional de su parte, aupados en nuestro tan tristemente célebre individualismo: tan positivo, útil y movilizador de iniciativas, de una parte; tan incapaz y negativo para enfrentar un futuro incierto, sumar recursos, compartir información y ganar tamaño, de otra.

“¿En qué momento se jodió el Perú?”, se preguntaban Zavalita y Vargas Llosa en Conversación en La Catedral. ¿En qué momento se jodió Alicante?, podríamos preguntarnos nosotros, si me permiten la expresión malsonante, que solo me permito utilizar emboscado en la cita del maestro de la lengua y Presidente de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, impulsada por nuestra Universidad. ¿Y por qué y cómo?

Hay, de seguro, muchas y muy diversas respuestas a esta pregunta, tantas como diversidades hay en nuestra provincia, un dato frecuentemente ignorado y origen, por cierto, de numerosos malentendidos, incluso con quienes compartimos Comunitat. Pero convendrán, tal vez, conmigo que del largo, confiado y complaciente letargo que nos ha conducido a esta crisis la universidad no ha sido responsable.

Diría más, la universidad no solo no ha sido parte del problema, sino todo lo contrario. Y que es parte central de la solución. Lo creo intensa y apasionadamente. Tan intensa y apasionadamente como creo que Alicante y la Comunitat tienen futuro.

Si, y solo si, conseguimos ponernos de acuerdo en el perfil que ha de tener ese futuro.

Si, y solo si, en estos tiempos oscuros e inseguros, conseguimos identificar los denominadores comunes que nos unen y podrían unificar nuestras voluntades e intereses.

Si, y solo si, las demandas que nos animan, a la Comunitat y a la provincia, son equitativa y adecuadamente atendidas.

Si, y solo si, somos capaces de reivindicarlas con la determinación de las evidencias que las avalan.

Si, y solo si, las instituciones públicas y las semipúblicas y las de la sociedad civil se muestran decididas, lenta pero constantemente, a no ser reos de un futuro en el que no queremos ser observadores pasivos, sino participantes activos.

Si, para ser más preciso, se sostienen y refuerzan los servicios públicos que son la base de una sociedad desarrollada y decente, y consecuencia de un proceso de democratización en clara regresión desde la crisis y aun antes: sanidad, servicios sociales, educación básica, secundaria y avanzada.

Si optamos decididamente por un nuevo modelo productivo y por nuevas industrias –la sociedad de la información no es la sociedad postindustrial o lo contrario de la sociedad industrial, y huelga señalar que los países que mejor han resistido la crisis conservan una fuerte base secundaria, sin cuyo desarrollo el terciario suele ser de baja cualificación-, no dejando de apoyar los sectores tradicionales y su renovación, de modo que aporten más valor añadido.

Si desarrollamos una política cultural avanzada y enérgica, que impulse y glocalice nuestras muy apreciadas y ricas tradiciones, nuestras irrenunciables señas de identidad, tan lamentablemente socavadas y adulteradas, nuestro patrimonio medioambiental y artístico, parcialmente derruido por el mal gusto y la especulación, i la nostra llengua, nuestra lengua, como parte de una herencia secular que estamos obligados a cuidar, preservar y fomentar.

Déjenme para terminar y, a riesgo de resultar reiterativo, volver al inicio de este discurso, de todos mis discursos y, lo que es peor, incurrir en el feo hábito de la autocita.

Sí, no hay inversión más rentable que la del conocimiento, ni peor error que una insuficiente inversión en capital humano.

Y del mismo modo que apoyamos a la Generalitat en su reivindicación ante el gobierno central de una financiación más justa, nada nos distraerá de nuestra reivindicación de un marco de financiación suficiente y estable, que permita aumentar las transferencias ordinarias y revertir los altos costes de matrícula, que han convertido a la universidad española en una de las más caras de la Unión Europea, y situado a las valencianas entre las más caras del Estado.

Y es que, recuerden, las universidades del sistema universitario público valenciano nunca gastamos lo que no teníamos, nunca vivimos por encima de nuestras posibilidades.

Y por ello, no consideramos razonable pagar excesos que no nos corresponden, ni renunciar a lo que, siéndonos debido, redundará indudablemente en beneficio, sin excepción, de todos.

Termino. Del mismo modo que la Universidad de Alicante reclama para sí y para el conjunto de las universidades del sistema público valenciano un marco de financiación suficiente y estable, demandamos para nuestra Comunitat, uniendo nuestra voz a la de la Generalitat y a la de otros colectivos de la sociedad civil alicantina y valenciana, una financiación más justa y equitativa y una inversión en infraestructuras más acorde con nuestra aportación a la economía del conjunto del Estado.

Sencillamente, no es de recibo, como se desprende de la información aportada por las balanzas fiscales o sistema de cuentas públicas territorializadas, que seamos la única Comunidad que, estando por debajo de la media estatal en renta per cápita, aporte dinero no solo a comunidades más ricas que la nuestra, sino a otras con un nivel de riqueza superior a la media nacional. Y eso sin contar los gastos territorializables, en los que la Comunitat vuelve a ser la más perjudicada, con un saldo negativo per cápita de menos setecientos cincuenta y cuatro (-754) euros por habitante.

La universidad no debe intervenir en la política ordinaria. Y debe, en cambio, fomentar el espacio de una cultura independiente que, junto a la protección de las libertades básicas, un mercado sin trabas y verdaderamente libre y el estímulo a la fraternidad necesaria, son los signos, a nuestro parecer, de una sociedad deseable.

Considerando, sin embargo, que ese déficit en la financiación y en la inversión afecta, sobre todo, a la educación, la sanidad y los servicios sociales específicos, el cañamazo de un compromiso imprescindible entre las administraciones públicas y la procura de una vida digna y decente para el conjunto social, además de estrangular nuestras posibilidades de desarrollo, se entenderá que, en lo tocante a este asunto, respaldemos una reivindicación que no abona la querella, que nos une a todos mucho más que nos separa. 

Muchas gracias. 

Oficina del Rector


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