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50 aniversario de la creación del CEU (Centro de Estudios Universitarios)

Alicante, 8 de noviembre de 2018

Entre los mayores anhelos, quizá el primero, de la sociedad alicantina, en la segunda mitad del siglo XX, estaba el logro de la Universidad. Este deseo, muy notorio y perceptible, era, por completo, comprensible y fundado. Constituía una anomalía, un agravio comparativo y, si se me apura, un despropósito, que una de sus primeras provincias en generación de Producto Interior Bruto, con un potencial socioeconómico y demográfico acorde, careciese de universidad, máxime cuando estos organismos se habían creado ya en provincias que no poseían una demanda de estudios superiores comparable a la de Alicante. En efecto, la sociedad alicantina, a través del PAES (Patronato Alicantino de Enseñanza Superior) había dado un firme y costoso paso al frente con la apertura, en noviembre de 1968, del Centro de Estudios Universitarios (CEU), que supuso el funcionamiento del colegio con mayor oferta de estudios universitarios existente en España, ya que en el mismo se podían cursar los primeros ciclos de las licenciaturas de Filosofía y Letras, Ciencias, Derecho, Medicina y Ciencias Económicas. Esta iniciativa hizo posible que la Universidad de Alicante, creada una década después, naciera, aunque tarde, singularmente robusta y completa, nada menos que con cinco facultades, coincidentes con las secciones del colegio universitario. Por fin, la constancia y el esfuerzo de la sociedad alicantina tenían correspondencia.

Porque, como he recordado en otras ocasiones, la Universidad de Alicante es contemporánea de la democracia, es su criatura después de una difícil y dolorosa gestación, que duró algo más de una década, desde el 4 de noviembre de 1968 (fecha de creación del CEU) hasta 1979, cuando el Congreso de los Diputados aprobó la creación de la Universidad de Alicante, el 12 de septiembre.

Y el Centro de Estudios Universitarios (CEU), cuyo cincuentenario hoy celebramos, fue su germen, su raíz y su origen, su indispensable cimiento. Para muchos, de hecho, una gran gesta. O, en palabras de nuestro Rector Honorario y primer rector de la Universidad de Alicante (1980-85), D. Antonio Gil Olcina, “el acontecimiento más grande de la historia de Alicante”.

¿Exageraba acaso nuestro primer rector? Cuatro décadas más tarde, creo que no. Oigan si no cómo saludaba los inicios del CEU el entonces alcalde de Alicante, D. José Abad, el día de su inauguración: “Esto es tan importante para Alicante como cuando se inauguraron las primeras instalaciones de agua potable en las casas, o la luz eléctrica”.

Efectivamente, tan importante o más, porque sin los conocimientos teóricos y aplicados que solo las universidades proporcionan, no hubiera sido posible el generalizado despliegue de las mejoras en las infraestructuras y las viviendas, las redes sanitarias y pluviales, o en los transportes terrestres, aéreos y navales.

Tanto como que estoy convencido de que las universidades seguirán jugando un papel decisivo en el impulso del progreso tecnológico y social a través de la investigación, la innovación y la creación y transmisión del conocimiento, debiendo volverse más receptivas y sensibles a las necesidades sociales y convirtiéndose en agentes de cambio que colaboren en la resolución de los problemas locales y globales: una “red de soluciones activas” para ayudar a gobiernos, empresas y sociedad civil a trazar el camino hacia el éxito de un desarrollo inteligente y social y ambientalmente sostenible.

Tanto el alcalde de Alicante, en el momento de la inauguración del CEU, como nuestro primer rector, en el momento en el que, finalmente, se crea la Universidad de Alicante, tenían por tanto razón en sus asertos. Y entre ambos hechos, algunas lecciones a extraer de una historia nada lineal y sin un final predeterminado, aunque la educación sea el destino, el camino ineluctable al bienestar real.

Primera lección, la creación del CEU solo fue posible por la casi unánime concertación de intereses de grupos sociales muy diversos, incluso contradictorios, en todos los ámbitos de la provincia. Por una conjugación de esfuerzos y aspiraciones, que alió extrañamente a las élites políticas y económicas del momento –y recuerden que el momento era franquista- con las ambiciones y anhelos de las mayorías sociales y las reducidas élites culturales.

Y en este punto quiero recordar, a uno de los primeros impulsores del CEU, obligado a la sombra en su oficina privada, fue Fernando Flores, alcalde a mediados de los 60 de Alicante, en alianza con otros relevantes personajes de la vida política y económica de la provincia. Pero tampoco que el terreno estaba abonado, que no se trataba de la pretensión exclusiva de unas élites, sino de una ambición que, finalmente, no era sino de democratización, de cierta igualación al menos en las oportunidades y en las condiciones de partida. De ahí los riesgos que Fernando Flores oteaba para su proyecto en el contexto ideológico/político del franquismo.

Segunda lección, si el brioso voluntarismo inicial resultó exitoso, la correosa realidad se encargó de encararnos con nuestros límites. Límites, como ya he señalado, que tenían que ver con la situación política y las disonancias de sus representantes en la provincia, con problemas de financiación, con obstáculos legales, con rivalidades con las provincias limítrofes –aún en 1976 tanto el Ayuntamiento como la Diputación de Murcia se pronunciaron en contra de la aprobación de estudios universitarios en Alicante, y la Universidad de Valencia, de la que dependía el CEU, no siempre se mostró favorable a la conversión del Centro en Universidad de pleno derecho.

Lo que salvó la situación hasta desembocar en la creación de la Universidad de Alicante, me parece, fue una extraña mezcla de la tenacidad, constancia y buen hacer de las autoridades académicas del CEU, de su fe y confianza en el proyecto y de las presiones que la misma sociedad alicantina ejercía tanto desde fuera como desde dentro del Centro, después de que en 1971 el III Plan de Desarrollo en materia de Enseñanza Universitaria para el cuatrienio 1972-75, dejara fuera a la provincia.

Desde fuera, a través de las reivindicaciones, firmes aunque veladas por la censura, en la prensa y las radios provinciales, y los pronunciamientos de instituciones políticas (la Diputación Provincial, el Ayuntamiento de Alicante, que instó a los procuradores en Cortes a presionar al poder central, y el Ayuntamiento de Alcoy), incluidos organismos del Régimen (el Consejo Sindical Provincial), y de la sociedad civil (el Colegio Oficial de Doctores y Licenciados, la Cámara de Industria y Comercio, el Consejo de Empresarios, la Asociación de Padres, institutos de Secundaria y colegios privados y hasta el Club Atlético Montemar).

Desde dentro, mediante una protesta de profesores y alumnos, que no dejaría de crecer en los siguientes años, alimentada tanto por el sentimiento de desatención y agravio como por las irrefrenables demandas democráticas, cuando ambas parecían ir de la mano. Cuando ambas, repito, parecían ir de la mano, lo que ya está lejos de parecernos evidente, incluso en tiempos recientes y por sucesos que están en la mente de todos.

Es de subrayar que, como se acaba de indicar, la Universidad de Alicante no surgió por generación espontánea, tuvo tras sí un prolongado e intenso esfuerzo social que, canalizado a través del PAES, con el decidido apoyo de un conjunto de instituciones, en especial Diputación Provincial, Ayuntamiento de Alicante y cajas de ahorro de Alicante y Murcia, permitió la creación y sostenimiento, durante una larga década, del CEU.

Tercera lección, si el conjunto del tejido de la sociedad provincial no se une en defensa de sus legítimas reivindicaciones, de las que el pegamento debería ser la consciencia de nuestra propia importancia económica y demográfica –somos la quinta provincia de España en ambos parámetros-, nos veremos ineluctablemente condenados al deterioro, y, finalmente, a la irrelevancia.

Lecciones que hoy recordamos en este acto conmemorativo del quincuagésimo aniversario de la creación del CEU. Por eso agradezco al comité organizador de los actos conmemorativos de la fundación del CEU, miembros del Consejo Asesor del Archivo de la Democracia (Elías Alonso Dávila, Mercedes Guijarro Antón, Rosa Ana Gutiérrez Lloret, Juan Martínez Leal, Mónica Moreno Seco y José María Perea Soro) su contribución esencial a la efemérides que hoy celebramos.

Y que tendrá continuidad en los actos que, desde hoy hasta el 40 aniversario de creación de la Universidad de Alicante, conmemorarán la trayectoria que condujo a su fundación, con el apoyo del vicerrectorado de Estudiantes y Empleo y el vicerrectorado de Cultura, Deporte y Lenguas, organizadores del programa de actividades del aniversario, que a través de su proyecto institucional Alumni UA, que se celebra cada año, servirá como punto de encuentro para todos los alumnos que pertenecen al colectivo, pero muy especialmente para los protagonistas de aquellos años (antiguos docentes, estudiantes y personal de administración y servicios).

No quisiera olvidar, por último, a los protagonistas de aquella gesta a lo largo de una larga década, aunque, de entrada, pido perdón por no poder nombrar a todos, ni por asomo subrayar su importancia en orden a la conversión de una planicie polvorienta y un conjunto de pabellones militares en la espléndida realidad de un campus luminoso, donde florecen variadas especies vegetales, y que alberga, además, algunas de las obras arquitectónicas más reconocidamente singulares de la segunda mitad del siglo XX en España.

Muy especialmente, a los sucesivos dirigentes del CEU, Mariano Aguilar Rico (director entre 1968 y 1976) y Justo Oliva (subdirector en el mismo periodo), Juan Ferrando Badía (director entre 1976-77), Alfonso Puchades (director entre 1977-79) y Antonio Gil Olcina, presidente de la Gestora de la Universidad de Alicante, y que después sería su primer rector (1980-85) y su gran arquitecto académico, todos ellos grandes investigadores en sus respectivos campos y entusiastas y tenaces perseguidores de un sueño colectivo en cuya consecución no desmayaron ni en los momentos en los que parecía amenazar ruina.

Nuestro reconocimiento a los profesores que estuvieron al frente de las secciones académicas, de Filosofía y Letras, D. Antonio Gil Olcina; de Ciencias, D. Francisco Ruiz Beviá; de Medicina, que estuvieron dirigidas por D. Francisco Mallol y por D. Francisco Sánchez del Campo; de Económicas, por D. Diego Such y la de Derecho, por D. Luis Garrido.

Importa también destacar la contribución, desde la política institucional, de Luis Romero, secretario general del Gobierno Civil a lo largo de todo el periodo, y para muchos el cerebro en la sombra, la eminencia gris del proyecto, su sabio estratega legal en el intrincado clima político de la época, desde su mismo origen hasta su culminación: hasta el advenimiento de su “sexto hijo”, como él mismo quiso calificar a la flamante Universidad de Alicante.

Y desde la sociedad civil, Eliseo Quintanilla, primer presidente del Patronato del Colegio Universitario de Alicante, en pleno inicio de la Transición (1976), que con inteligencia y vigor poco comunes supo trabar las alianzas que conducirían al reconocimiento de la Universidad de Alicante por la Universidad de Valencia, con la connivencia inicial de sus rectores del momento, Manuel Cobo del Rosal, después director general de Universidades y secretario de estado de Universidades, y Vicente Gandía, persuadidos de que el desdoblamiento universitario era la mejor solución, la única posible, a los problemas estructurales del CEU. El círculo, de hecho, lo cerrarían Antonio Gil Olcina y Vicente Gandía. El hecho de que el profesorado del CEU poseyera o estuviera a punto de conseguir el título de doctor, indujo a pensar en la figura de profesor adjunto contratado, la llamada “Solución Alicante”, que desde aquí irradió a toda la universidad española, en la que contribuyo a aliviar la difícil situación del profesorado no numerario.

Otro tanto cabría decir de la dotación en bloque de las diecisiete cátedras que integraban entonces el currículo académico de la licenciatura de Medicina y Cirugía; o de la creación de la Escuela Universitaria de Óptica. En el primer caso, porque el CEU había mantenido, impartiendo las asignaturas básicas, el primer ciclo de la disciplina de Medicina. En cuanto a la Escuela Universitaria de Óptica, pocas personas son las que conocen su condición cronológica de tercer centro de esta naturaleza en España, ya que hasta entonces solo contaban con él las dos universidades mayores del país, Madrid y Barcelona. Objeto de deseo, como era natural, para el resto de universidades españolas, vendría, sin embargo a la recién creada Universidad de Alicante. En ello contó mucho el grupo de físicos, de ópticos, procedente del CEU, articulado en torno a Justo Oliva, y que tenía entre sus líneas de trabajo, la holografía.

Ahora quisiera destacar una actuación más (diría que trascendental para nuestro magnifico campus universitario), actuación del PAES y del propio CEU, la primera mutación demanial de terrenos, en 1975, entre los ministerios de Aire y Educación, aproximadamente 200.000 m2, marcarían el camino a seguir, por difícil que fuera, para su ampliación y configuración actual del campus.

Y con ello, destacar y reconocer al arquitecto Juan Antonio García Solera, autor desinteresado de la primera ordenación general del campus (1968-1972) y de su adaptación urbanística, cuya contribución y empeño han sido insuficientemente reconocidos por la universidad hasta tiempos demasiado recientes. Tuve el honor de entregarle el premio Maissonave de la Universidad de Alicante en 2015. Hoy, en cambio, sabemos lo que le debemos.

A todos ellos y a todos ustedes, muchas, muchas gracias. Y felicidades por estos 50 años de estudios universitarios en Alicante. 

Oficina del Rector


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