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Apertura del Curso Académico 2018/2019

Alicante, 13 de septiembre de 2018

La apertura de curso es un acto académico solemne y tradicional, un ceremonial cargado de simbolismo, ritual que reúne a la comunidad universitaria y a sus representantes institucionales delante de una amplia representación de la sociedad alicantina con la presencia de las autoridades y representantes de nuestros gobiernos. Gracias por acompañarnos.

Como corresponde a un acto oficial, formal, de apertura de curso académico, inicio esta intervención danto la bienvenida a la nueva generación de estudiantes que se incorporan en este curso, tanto en estudios de grado como de posgrado.

Querría ahora dirigirme a todos los compañeros que acabáis de subir al escenario para recibir la medalla de plata o la placa que la universidad, vuestra universidad, os ha concedido. Estas distinciones no son más que una manera simbólica de reconocer la dedicación y el esfuerzo hacia la universidad, ya sea por hacer veinticinco años que estáis al servicio de esta institución o por haber llegado a la edad de jubilación.

Para los miembros de la comunidad universitaria que, desgraciadamente, nos han dejado a lo largo del pasado curso académico, quiero expresarles mi respeto y mi consideración más sentidos. 

Quisiera ahora, felicitar al profesor Atienza por la lección inaugural, crítica con la universidad española, pero no con la voluntad de demolición interesada de tantos discursos que he escuchado en los últimos años, sino con ánimo de mejoramiento; la crítica, de un académico concernido por la evolución de la universidad.

Puedo aceptar que la estructura de los títulos es demasiado rígida y debiera ser repensada después de Bolonia, así como que la democracia universitaria corre el riesgo de convertirse en una forma de corporativismo.

Pero, no podemos olvidar el bien común y los intereses generales, y no su sustitución por intereses particulares, cuando no por los propios deseos, porque forma parte también de ese “espíritu del tiempo”, una mentalidad difusa e impalpable, una ideología intangible, un conjunto de actitudes y comportamientos que flotan en el ambiente, y cuya finalidad es el cultivo del “más” (frente a lo “mejor”) y el desarrollo de los derechos individuales sobre un fondo de apatía política, de desinterés por lo común, por lo colectivo y por el bien público, en definitiva.

Permítame, en cambio, que discrepe cordialmente de su calificación del plan Docentia, aprobado en el último Consejo de Gobierno. De un lado, porque no es privativo de la Universidad de Alicante, sino un Programa de Apoyo a la Evaluación de la Actividad Docente que obliga al conjunto de las universidades españolas, y que resulta obligado si consideramos que nuestra actividad principal debe ser sometida a tasación, como cualquier otro quehacer que dependa de los dineros públicos. De otro, porque el modelo de evaluación que se implantará el presente curso en la Universidad de Alicante ha sopesado con prudencia y sindéresis las posibles y distintas formas de valorar la docencia y preservado los intereses de todas las partes implicadas con el mínimo coste temporal y económico.

Nada ni nadie es perfecto y, por supuesto, Docentia no lo es, ni el éxito en su actividad está asegurado. Pero estará también sometido a seguimiento y a oportunidades de modificación, y sinceramente creemos que mejorará sustancialmente los principios y métodos de evaluación presencial utilizados hasta ahora.

Gracias, en fin, profesor Atienza, por sus críticas y sugerencias, un signo de que aún la universidad está viva y de que el juicio y la conversación racional es el sustento que la vivifica. 

Permítanme ahora que detalle lo cumplido en el curso transcurrido, y que esboce las bases del programa que pretendemos llevar a cabo en el tiempo que nos resta de mandato: rendir cuentas del pasado inmediato y abordar las tareas del futuro o, al menos, los principios que pretendemos las inspiren; la filosofía, si se quiere, del proyecto.

De entrada, quiero subrayar que el curso que hoy se inicia será el de la impartición de nuevos grados en Relaciones Internacionales, en Marketing y en Gastronomía y Artes Culinarias, que, junto con Medicina, formaban parte de la propuesta programática de mi segundo mandato.

La excelente acogida que, en términos de demanda de matrícula, han obtenido dichos grados es muestra de la capacidad de la Universidad de Alicante para ejercer su responsabilidad, en orden a atender e identificar nuevas necesidades sociales, nichos formativos inéditos y las señales más recientes de los mercados de trabajo. 

Quisiera agradecer, en consecuencia, a las Comisiones que han elaborado dichos Planes de Estudio, su excelente trabajo en el diseño de programas actualizados, interdisciplinares, transdisciplinares y competitivos, que de seguro contribuirán a formar profesionales dúctiles y aptos en el horizonte de un futuro en el que las barreras entre las Tres Culturas (la de las STEM -Science, Technology, Engineering, Mathematics-, la de las Humanidades y las de las Ciencias Sociales) se difuminan, redefinen, reblandecen o entremezclan, en la búsqueda de una nueva alianza entre lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Esta es también la misión de la universidad, como luego intentaré desarrollar. O así me lo parece.

En cuanto a Medicina, como ustedes sabrán, la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), organismo dependiente del Ministerio de Universidades y responsable de acreditar las nuevas titulaciones en las universidades, ha verificado positivamente los estudios de Medicina en la Universidad de Alicante. Es decir, ha validado que la Universidad de Alicante cuenta con todos los requisitos (profesorado, infraestructuras, tecnologías, laboratorios y prácticas) para su impartición, y con un Plan de Estudios que no he dudado en calificar como de alta calidad, novedoso, creativo y de vanguardia, abierto a las especialidades clásicas y a especialidades que se abren al futuro, y orientado a formar en las bases científicas de la medicina moderna y en la aplicación de las nuevas técnicas de diagnóstico y las nuevas terapias .

Y todo el resto, si me permiten decirlo así, es… política, como política fue la decisión de la segregación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alicante en 1997.

Verán, hemos defendido en distintos foros y ante las autoridades competentes, la idoneidad de que la Universidad de Alicante disponga de estudios de Medicina, rehuyendo polémicas comprensibles pero racionalizadoras de intereses de parte, y basándonos en datos, aunque sé muy bien que los hechos no fundan opiniones. Que cada cual tiene derecho a sostener sus propios pareceres, incluso partiendo de un contenido factual compartido. Que no es nada sencillo acceder a una verdad válida intersubjetivamente, ni criterio científico objetivo para evaluar las decisiones políticas como adecuadas o inadecuadas.

Así que, no les aburriré con demasiados datos y hechos, aunque les aseguro que los hemos trabajado y comparado. Prefiero, simplemente, destacar algunas circunstancias difícilmente controvertibles y con las que, me parece, ni los muy críticos con nuestro proyecto de implantar Medicina en la Universidad de Alicante podrían estar en desacuerdo.

La apuesta de la Universidad de Alicante por la implantación del Grado de Medicina, por tanto, es una apuesta a nuestro favor y contra nadie. Una apuesta para el futuro, no frente al pasado. No para reparar el ayer, sino para ganar el mañana.

Y un desafío, a nuestro entender, que beneficiándonos beneficia también a la provincia, la quinta de España por población y PIB, un hecho que tendemos a olvidar o a mencionar solo retóricamente, como la prueba de un éxito antiguo y agotado, y que el menfotisme propio transforma, por gracia de su pasividad, en menyspreu ajeno. Y en infrafinanciación e infrainversión.

Segundo, la demanda de estudios de Medicina, pese al fuerte incremento de la oferta en este siglo –un 48% más entre 2001 y 2015, y un incremento del 210% de egresados de Facultades de Medicina de Universidades privadas entre 2001 y 2017- sigue siendo elevada.

De hecho, si observamos el mapa de las Facultades de Medicina existentes en las provincias de la Comunidad Valenciana y en las limítrofes con la provincia de Alicante, encontramos que Castellón (582.000 habitantes) dispone de dos Facultades de Medicina, que reúnen 150 plazas. Valencia (2.800.000 habitantes) dispone de tres facultades que suman 520 plazas de pregrado. En cuanto a Murcia (1.463.000 habitantes), dispone de dos Facultad de Medicina que suponen 290 plazas de nuevo ingreso. Albacete (390.032 habitantes) cuenta con una Facultad pública, que acoge a 120 estudiantes, que sumadas a las de Ciudad Real (65 plazas) cubren la oferta para la población de Castilla la Mancha, con 2.025.510 habitantes y 185 plazas de pregrado. La provincia de Alicante, por su parte, con 1.855.000 habitantes, cuenta con una Facultad de Medicina con 130 plazas.

¿No deberíamos, en consecuencia, más que disputar sobre posibles duplicidades, o tildar de “provincianos” argumentos basados en datos contrastables, aduciendo el desfase estatal entre el número de egresados en medicina anuales y el número de plazas en las pruebas MIR que se convocan, centrarnos en cerrar una brecha, que, a buen seguro, más pronto que tarde, será aprovechada por la enseñanza privada?

No estamos, en todo caso, intentando abrir aeropuertos sin aviones, como adujo el Consejo Estatal de Estudiantes de Medicina, sino aeropuertos con aviones, aunque con insuficientes, pero necesarias, pistas de despegue y aterrizaje. Un límite, al parecer, que en otras condiciones y circunstancias y para otros territorios ha resultado ser fácil o razonablemente subsanable.

La oposición frontal a la apertura de nuevas Facultades de Medicina públicas no se ajusta con las proyecciones demográficas del Consejo General de Colegios Médicos de España según recoge el estudio Estudio sobre Demografía Médica 2017. De un lado, entre 70.000 y 90.000 médicos se podrían jubilar de aquí a 10 años (pág. 39) -el tiempo, por cierto, de formación de un médico especialista-, dado que 70.495 tienen más de 55 años (el 31.9%) y 20.231 más de 65 (9.1); es decir, más del 41% de los médicos en activo, que además están exentos de cumplir guardias.

Si en cambio, atendemos a las proyecciones demográficas del conjunto de la población española, según el mismo informe, el tramo de población mayor de 65 años, que en la actualidad se sitúa cerca del 19% (18.7%) de la población total, pasaría a ser del 25.6% en 2031, tres (3) millones de personas más que en la actualidad. Y resulta innecesario resaltar su impacto sobre el incremento de enfermedades crónicas y mayores necesidades de atención sanitaria perfectamente previsibles. Incluso en especialidades en las que, tanto por su calidad de vida y su consolidada oferta turística como por la contrastada relevancia y densidad de su sistema sanitario público y privado, han florecido y se han consolidado en la provincia prestigiosos clusters de salud, con especialidades punteras y técnicas de reconocido prestigio, que requieren del aporte de un elevado número de profesionales médicos de alta cualificación en especialidades poco convencionales e insuficientemente atendidas.

No suele, además, reconocerse que, a lo largo de este siglo la homologación de títulos de Medicina obtenidos en el extranjero (y cito literal el estudio de demografía médica) “originó una fuerte demanda de profesionales y un nuevo ‘efecto llamada’ para la incorporación de médicos procedentes de otros países” (fin de la cita). (En el periodo 2001 a 2011, se dieron 50.205 homologaciones de títulos extracomunitarios, mientras que el número de egresados fue de 46.194). Y que ese efecto llamada es parte sustancial del actual desajuste entre la oferta y la demanda de plazas MIR en el sistema público. ¿Deberemos, de nuevo, proceder a homologaciones masivas de títulos de otros países cuando el efecto de las previstas jubilaciones empiece a sentirse?

¿Por qué en esta provincia, en tantos relevantes asuntos maltratada y postergada, lo posible nunca se convierte en necesario sino en un largo quizás, una posposición permanente, un mañana siempre diferido; como en el chiste del anuncio de la barbería (“mañana afeitados gratis”), un eterno mañana? ¿Por qué, en demasiadas ocasiones, pareciera que nos hemos alzado contra nosotros mismos y convertido en nuestros peores enemigos? Jamás, de hecho, ha sucedido que se deniegue la implantación de un título aprobado por la ANECA.

La Universidad de Alicante, por otra parte, es de seguro la institución más internacionalizada de la provincia. Tenemos firmados convenios y acuerdos de movilidad con 135 países de los cinco continentes en beneficio de sus estudiantes, personal docente e investigador y de administración y servicios. Es nuestro tributo a la globalización, nuestra necesaria apertura a un mundo que, como el del conocimiento, no conoce ni reconoce fronteras.

Como alguien dijo, en el camino hacia la globalización al tiempo y al espacio, les ha sucedido una extraña aventura: perdieron importancia a la vez que ganaban significado a través de múltiples vías.

Es curioso, de hecho, que “la compresión del tiempo y del espacio”, propiciada por la globalización, haya tenido su correlato en una revalorización del territorio en las políticas públicas y para las mismas empresas.

En la medida en que los acelerados procesos de cambio impactan sobre territorios concretos, lo global y lo local conforman el tejido de la nueva sociedad.

Se trata de lo que comúnmente se conoce como “glocalización”, un fenómeno por el que las localidades, los lugares adquieren una nueva importancia en orden a generar o preservar ventajas competitivas en el orden global.

Pues bien, a esa articulación interna, endógena, y a la inserción competitiva de nuestro territorio, de nuestra provincia, en el nuevo orden global, es a la que espera y aspira a coadyuvar decisivamente la Universidad de Alicante. Es nuestro tributo a la “glocalización”, la otra cara de una globalización desde arriba que, como hemos aprendido en tiempos próximos, presenta riesgos y genera resistencias y rechazos.

La Universidad de Alicante está presente, a través de 12 sedes, incluida la sede de la ciudad de Alicante, y 17 aulas universitarias, en todas las comarcas, de Norte a Sur, de Este a Oeste, de la costa al interior, de la montaña a la huerta, de lengua predominantemente valencianohablante o castellanohablante. Y en el presente curso abrimos campus en Alcoy, con el grado de Maestro Infantil, cuya oferta de plazas se ha cubierto en su totalidad con lista de espera y con la expectativa de ampliar la formación y el número de estudiantes. Y en Denia, con el apoyo de la Agència Valenciana de Turisme y del Ayuntamiento de Dénia (nombrada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO), estamos impulsado GASTERRA (Centro de Gastronomía Mediterránea UA-Dénia), un centro que quiere contribuir a la investigación, docencia y difusión de la gastronomía alicantina como referente, abierto a la colaboración de otras instituciones y de la empresa privada.

Es nuestro modo de contribuir a la articulación del territorio y a favorecer su inserción en un mundo que, al tiempo, se integra y se fragmenta (“fragmegración”), tan lleno de riesgos como de oportunidades, tan prometedor como incierto, discontinuo e inseguro, tan caótico e impredecible como prometedor. 

En el último Consejo de Gobierno del curso académico de la Universidad de Alicante se aprobó, también, el Primer Plan de Responsabilidad Social de la Universidad de Alicante. Este Primer Plan es una apuesta institucional para instaurar una relación ética y transparente de la institución con la sociedad, hecho que comporta el establecimiento de estrategias orientadas a contribuir al desarrollo sostenible de la comunidad, a preservar los recursos naturales y el patrimonio artísticocultural, a respetar la diversidad étnicocultural y a promover la reducción de las desigualdades sociales por cualquier causa.

Es, por lo tanto, una apuesta estratégica de la Universidad de Alicante, que guiará nuestra acción en el resto de mandato.

El Plan asume que la Responsabilidad Social Universitaria es un objetivo progresivo, en construcción permanente, que requerirá de la complicidad de la comunidad universitaria y del apoyo de otras instituciones de investigación y profesionales. Con su aprobación nos situamos, así, entre el reducido número de universidades que tienen una estrategia de esta naturaleza.

El mencionado Plan se estructura en siete ejes de intervención, que incluyen veinte objetivos, de los cuales se derivan setentaidós acciones que se han de desarrollar entre 2018 y 2020. Los siete ejes de intervención alcanzan diferentes ámbitos universitarios, como gobernanza; investigación y transferencia de conocimiento; formación universitaria; contribución económica responsable y apoyo al entorno; gestión ambiental; cooperación universitaria al desarrollo y visibilización; y sensibilización y transparencia. El Plan se relaciona con los diecisiete objetivos que marca la Declaración de Naciones Unidas.

La RSU representa la asunción plena de la responsabilidad por los impactos universitarios en la sociedad como un conjunto de conjuntos (medio ambiente y demografía, tecnología y economía, política/sistema jurídico, sociedad/cultura). Es una llamada en favor de la responsabilidad de la organización por los impactos sociales y ambientales que genera.

Estos impactos son de cuatro tipos, divisibles en dos ejes: organizativo y académico. Los impactos que provienen de la misma organización, desde su campus hasta el personal que trabaja en diferentes funciones; los impactos provenientes de la formación que imparte a los estudiantes en diferentes niveles; los impactos derivados de la investigación y de sus decisiones académicas; y los impactos que surgen de sus relaciones con el entorno social y el territorio.

Una política que no es de una visión unilateral y filantrópica, y que, por el contrario, queremos que esté atenta a la gestión y rendición de cuentas de sus impactos, sin los que es poco probable que ninguno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS de ahora en adelante) pueda cumplirse.

La RSU constituye, así, un giro cultural de la institución, un punto crucial y una estrategia de gestión holística; implica una política integral que obliga a considerar los impactos diversos de la propia organización universitaria y a concebir sinergias disciplinarias e institucionales a favor de la comunidad de referencia. Y todo eso en alianza con otras organizaciones públicas y privadas, no en términos de donación, compromiso o ayuda unilateral, sino de estricta responsabilidad. Al mismo tiempo, por una parte representa un camino empinado, difícil, contradictorio y complejo; y por la otra, abre una vía para que la universidad se reinvente y legitime su papel en el siglo XXI, un tiempo que nos pide aunar una economía inteligente, basada en el conocimiento y la innovación, integradora y sostenible ambientalmente.

Las universidades impulsan el progreso tecnológico y social a través de la investigación, el descubrimiento, la creación, la adopción y la transmisión del conocimiento. Las universidades atraen y nutren el talento y la creatividad, y son actores clave en los sistemas de innovación regional y nacional, funciones que son fundamentales para ayudar a la comunidad local y global a comprender los desafíos, oportunidades e interacciones entre los factores económicos, sociales y ambientales. En este sentido, los ODS ayudan a identificar, a desarrollar e implementar soluciones; a desarrollar y evaluar opciones de políticas y vías de transformación, y a realizar un seguimiento del progreso realizado.

Pero las universidades han de repensar también cuál ha de ser su papel en el siglo XXI, cuando ya no poseen el (casi) monopolio de la producción y transmisión del conocimiento especializado y cuando se ven sometidas a inexorables tensiones: universalización y banalización de los títulos, mercantilización e instrumentalización permanentes.

Podemos hacerlo, porque estoy convencido de que en las universidades públicas españolas –y, por descontado, en la de Alicante-, se concentra el grueso de los yacimientos de cualificación y de talento con el que cuenta este país. Y porque la calidad de una institución depende de la calidad de sus trabajadores y alumnos, de su capital humano.

La Universidad de Alicante, como otras universidades e instituciones, ha afrontado situaciones delicadas en esta larga década de crisis. Si las hemos resistido no ha sido porque sus trabajadores, PAS y PDI, se han mostrado diligentes y resilientes ante la adversidad. Ahora que empezamos a tener cierta holganza, querría agradecerles su determinación. Y comenzar a devolverles parte de su esfuerzo, tal y como ya hemos hecho con la implantación de la carrera profesional en el PAS y la aprobación de los complementos al PDI.

Muchas gracias. 

Oficina del Rector


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