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Pregón de las Fiestas de Moros y Cristianos de Petrer

Petrer, 26 de abril de 2019

Quisiera, en primer lugar, agradecer a la Comisión del Pregón 2019, cuyo ponente es el Presidente de la Comparsa Estudiantes, Rubén Escolano, con la atenta colaboración de Pilar Sanchís, que tuviera a bien proponerme como Pregonero del año que transcurre, en razón de los vínculos que unen a dicha Comparsa con la Universidad de Alicante. Una alta encomienda, un honor, que impone una responsabilidad abrumadora.

¿Cómo traducir el alma de un pueblo, su cultura profunda, en unos minutos, en unas palabras, que habrá que bruñir con fuerza para que resuenen, como la pólvora; para que exhalen, como las flores o la música; para que sorprendan, como los trajes de las Abanderadas cada año; para que brillen, como los alfanjes y las pedrerías?

No es tarea sencilla, créanme, y encoge el corazón pensar en estar a la altura del desafío, sobre todo si el pregonero no es del mismo pueblo cuyas fiestas pregona, si bien, pueden tener por muy ciertas dos cosas.

Que ninguna población de esta provincia, que goza de un sol tan intenso, me es ajena, que nada me gustaría más que la Universidad de Alicante tuviera alguna presencia en todas ellas, como una de las mallas que nos cohesionan y nos unifican. Y que Petrer tiene consolidado un vínculo específico e intenso con la Universidad de Alicante, que robustece una amistad que viene de antiguo, y que, estoy seguro, redundará en beneficio mutuo.

Que la Comparsa que me giró la invitación a desempeñarme como Pregonero este año se llame Estudiantes lo explica casi todo. Hace 28 años –exactamente el 2 de marzo de 1991-, mi antecesor en el cargo de Rector de la UA, D. Ramón Martín Mateo, cortaba la cinta que inauguraba El Campus, la sede de la Comparsa en la ciudad, coronado con el gorro que la distinguía. 

En fechas más cercanas, el 29 de abril de 2000, otro de mis antecesores, Andrés Pedreño, obró de pregonero, en tarea idéntica a la que a mí me ha sido confiada este año. Y en enero de 2016 quedó abierta la Sede Universitaria de la Universidad de Alicante en la localidad, y ese mismo año tuve ocasión de celebrar el 25 aniversario de la inauguración de El Campus, sus bodas de plata, por así decirlo.

Es decir, la relación viene de lejos, y no es la primera vez que disfruto de las fiestas de Moros y Cristianos de Petrer –soy un fester confeso-, ni faltan petrerenses entre mis amigos y amigas.

Petrer es una ciudad amable, acogedora, integradora, un municipio con una población joven.

Es un “distrito industrial”, un “saber hacer”, unos conocimientos tácitos, forjados hace casi un siglo, que le han permitido superar las crisis sectoriales de las últimas cuatro décadas y afrontar el futuro con incertidumbre, como tantos otros sectores que sufren los rigores competitivos de la globalización. Pero sin parálisis. Confiada en que sabrá responder al actual desafío, tal que en los años 80 del pasado siglo supo diversificar las habilidades, infraestructuras y experiencias decantadas en la industria del calzado en favor de la expansión de otro sector, la marroquinería, en el que hoy es puntera. O como en la segunda mitad del siglo XX acertó a modificar su especialización agrícola y alfarera en favor de la industria.

Petrer, por otra parte, no es solo industria, aunque esté empapada de una cultura industrial que ha sabido reinventarse y adaptarse a las transformaciones en las estructuras productivas y a las oscilaciones de los mercados. Petrer es también su casco histórico medieval, su Castillo-Fortaleza, sus monumentos más importantes (las casas-cueva de la muralla, el Horno Romano de Villa Petraria, el Museo Arqueológico y Etnológico Dámaso Navarro, la Iglesia de San Bartolomé, la Ermita de San Bonifacio, y la Ermita del Santísimo Cristo), que dan cuenta de una historia larga y densa. Y un extenso término municipal cuajado de espacios naturales de gran belleza (como la Sierra del Caballo, el Arenal de l'Almorxó, la Sierra del Cid o parajes como Caprala o Catí), que invitan a recorrerlos a lo largo de 38 rutas senderistas.

Petrer es la sede de numerosas actividades culturales, patente en festivales y certámenes (como la Semana internacional de la Guitarra, el Encuentro Nacional de Artistas de Calle, el arte en Bitrir que acabáis de celebrar, els Concerts d’Estiu y los que se celebran en las Fiestas Patronales en honor de la Virgen del Remedio, o las visitas teatralizadas por el Casco Antiguo en sábados de luna llena, “Petrer se viste de Luna”, entre otros), y desde hace unos pocos años avivadas por la programación y los cursos de la Sede de la Universidad de Alicante.

Y un centro de deliciosa y entrañable gastronomía tradicional (fassegures y gaspatxos, alls amb giraboix y gachamigas, arroz con conejo y caracoles), regada por sus vinos y endulzada con mantecados y rollos de aguardiente autóctonos.

Petrer es, asimismo, moda, como prueban los reputados Premios Model al diseño de bolsos y zapatos, que convierten a la ciudad, durante un día de octubre, en el centro de la moda de los complementos en España

Petrer es, pues, naturaleza, historia, cultura, industria, pero, sobre todo, es un lugar que conserva, en tiempos líquidos, sólidos vínculos humanos, y en el que predomina un claro sentimiento de comunidad, patente en la fiesta cuyo preámbulo hoy celebramos.

Dicha Fiesta, por cierto, en honor al patrón de la villa, San Bonifacio de Tarso, es una de las más antiguas de las que se celebran en la Comunidad Valenciana y en España, ya que se sucede desde 1614 según está documentado, aunque la primera regulación formal de la misma data de 1822, siendo su fundamento y sus motivaciones similares a las de otras poblaciones de la Comunidad.

La tradición histórica, en efecto, se nutre de distintas fuentes, con origen en la confrontación moro-cristiana del medioevo, pero actualizada por acontecimientos posteriores, desde la presión conquistadora turca y la piratería berberisca sobre nuestras costas, que instituyeron la Soldadesca que todas las poblaciones concernidas tenían la obligación de mantener, antecedente de las actuales comparsas, hasta las guerras coloniales de fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX en el norte de África.

¿Podríamos decir que es una celebración de “choque de civilizaciones”, o de “guerra de culturas”? No, desde luego que no, en su significado actual, en su versión contemporánea, como se encargó de resaltar con vigor, la brillante pregonera del año 2017, Raquel Rico Bernabé, asesora en la Organización de las Naciones Unidas.

Raquel dijo “Pues la verdad es que en este mundo ajetreado en que vivimos, en que tantas poblaciones sufren el horror de las guerras, las fiestas de mi pueblo son un ejemplo de cómo convertir un motivo histórico de conflicto en una fiesta que celebra la paz. Son un ejemplo de la capacidad de mi gente de celebrar el entendimiento entre los pueblos. Porque en las fiestas de mi pueblo no hay vencedores y vencidos, sino que todos juntos, los de un bando y los del otro, nos unimos para hacer algo en común, que es celebrar la paz, la vida y la alegría”.

Amén. Aunque tanto nos quede aún para lograr compaginar el desarrollo de los derechos humanos universales con los derechos culturales particulares, en una especie de “universalismo pluralista”, un planteamiento verdaderamente universalista e inclusivo. Algo así, en fin, como estas fiestas, tal como las describió Raquel. Tal como son.

¿Qué es la Fiesta? Por supuesto, de entrada, una suspensión temporal de la rutina, un quebrantamiento de los usos ordinarios, una vacilación en la trama, unos días de estupor sin arcilla, un aviso a la gente para que recupere el sentido profundo de la amistad nunca perdida, siempre recuperada, el placer de estar juntos, la conversación infinita, como si nunca se hubiera interrumpido.

Porque la Fiesta implica también comunión, familiaridad, generosidad, apertura a los otros. Como si volver a hablar y conocerse desde siempre fuera una suerte del destino y lo más común en nuestras vidas. Como si al reír y comer y beber juntos respirásemos juntos. Como si, por unos días al año, festers y espectadores, mujeres y hombres, autóctonos y forasters, niños y adultos, viejos y jóvenes fueran convocados por el latido de un único corazón discordante pero unísono.

La Fiesta, sin embargo, existe y persiste para que el tiempo no nos borre, para conservar el recuerdo de lo que hemos sido y constatar en qué nos hemos convertido, para aunar memoria de nuestra historia común y deseo de un presente que no cesa de cambiar. Para seguir sintiéndonos vivos, eslabones en la cadena del ser y de la vida en la reiteración de una fiesta bicentenaria.

La Fiesta es también la exaltación de la comunidad, de la fraternidad y de la alegría, el cemento anualmente renovado de una sociedad que cambia pero que sostiene la memoria de lo que fue, de lo que ha sido, el ancla de nuestras amenazadas certidumbres en un mundo volátil e inseguro, cuando “todo lo sólido se desvanece en el aire” y nos vemos zarandeados por un viento inclemente desatado por fuerzas que no comprendemos y que, ni mucho menos, tenemos las posibilidad de controlar.

“RAÍCES y alas. Pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen”, escribió Juan Ramón Jiménez, como si prescribiera un programa personal y colectivo.

Las raíces, es decir, el conjunto de tradiciones, comportamientos, prácticas, valores y creencias que comparte una determinada sociedad, un determinado grupo, nos definen, nos dotan de una cierta conciencia, de un recogernos juntos, de una cierta cultura, unificada, además, por la persistencia en el tiempo

Pero las raíces deben volar y, de hecho, vuelan, de modo que en vez de permanecer congeladas evolucionan, varían constantemente, se abren a lo nuevo e inevitablemente se ven modificadas al contacto con inéditos sucesos o con otros comportamientos y valores. Frecuentemente, incluso, se hibridan o se hacen mestizas.

Las alas, en cambio, que nos empujan sin tregua hacia el futuro, deberían arraigar, concederse una tregua, al menos en el tiempo sagrado de la fiesta, al menos en el tiempo en el que todo el tiempo pasado se acumula en la rotundidad de un presente insomne y memorable.

Lo que está en juego, en fin, en este tránsito donde cruzan los sueños, en este vuelo de raíces y arraigo de alas, es, al cabo, la relación entre la tradición y la modernidad, entre el silencio detenido del pasado y esa ruidosa aceleración constante que hemos convenido en denominar “progreso”.

A mí me parece que Petrer ha conseguido aunar ambas cosas, raíces y alas, tradición y modernidad, reverencia al pasado y tributo al presente, arte de vivir y atención al producir, sentido espontáneo del goce y responsabilidad contenida, naturaleza y cultura, depósito de historia y apertura al futuro.

Reparemos, por ejemplo no menor, en la alta participación y en la importancia de la mujer en estas Fiestas, no ya en la actualidad, sino en fecha tan lejana como 1905, cuando Ramona García, la Tía Ramona, con la complicidad de su padre, “se bajó la bandera” de los Moros, instituyendo la figura de la Abanderada, que después sería asumida en muchas otras festividades de Moros y Cristianos en toda la geografía española.

Y si durante el franquismo el papel de la mujer, esencial pero devaluado, consistió en preparar los espléndidos trajes de sus familiares y convertir la vivienda propia en un complemento de los “cuartelillos”, donde parientes, amigos y hasta ajenos podían disfrutar de su hospitalidad, a partir del último cuarto del siglo XX su suerte cambió sustancialmente, pasando a ocupar progresivamente puestos de responsabilidad, sin haber abdicado aún del cumplimiento de sus tareas tradicionales (la confección y preparación de los trajes) y de sus labores de “cuidados” (la atención a los niños, la preparación de las casas, la disposición de comida y bebida para los invitados).

Queda, pues, mucho tramo por recorrer antes de un reparto equilibrado de todas las tareas, festeras y vinculadas a la fiesta, entre hombres y mujeres. Pero echando la vista atrás, y en comparación con tantas otras poblaciones que celebran fiestas similares, lo avanzado por las mujeres de Petrer no es poco.

En la revista de fiestas o programa, como os gusta denominarlo, de 2016, en un artículo firmado por Inmaculada Pina López (“Las que fueron, las que son y las que serán”), por ejemplo, he leído que en ese año “seis de las diez comparsas que desfilan en Petrer están presididas por mujeres”, lo que da cuenta de que el trabajo incansable, silencioso y no reconocido de sus antecesoras no fue en balde. Y en la actualidad hay un mayor porcentaje de mujeres que de hombres participando en la fiesta.

Es una suerte para Petrer por varias razones. Primero, porque las mujeres son también algo más de la mitad de la población, o algo más de la mitad del cielo, como reza una expresión china, y por tanto ameritan una proporción similar de representación en la fiesta.

Segundo, porque ellas son la sal de la tierra, y en ellas y en su laboriosidad silenciosa ha reposado y reposa la continuidad de nuestros mundos personales, familiares y colectivos.

Tercero, pero no menos importante, porque no creo equivocarme si afirmo que la integración plena de la mujer en la fiesta ha supuesto su revitalización y apuntalado la certeza de su continuidad, con su lección de buen hacer y sentido práctico, de gracia, inteligencia y de belleza.

Nada de esto hubiera, por supuesto, sido posible sin el apoyo explícito de un pueblo laborioso y tolerante, que encara el futuro en vez de quedar atrapado en su pasado. Que acepta y entiende que sostener las tradiciones requiere, en ocasiones, si se me permite la expresión, destradicionalizarlas. Que no se entretiene en debates bizantinos y estériles, a contrapié de una cultura democrática que incumbe a todos…y a todas.

Petrer, en efecto, combina, sin aparente paradoja, un celo íntimo, un orgullo profundo, un escrupuloso cuidado en la preservación de la singularidad de su Fiesta de Moros y Cristianos, y a la vez el ansia de hacer partícipes de la misma al conjunto de su sociedad y más allá.

Una singularidad, y no menor, de las Fiestas de Moros y Cristianos de Petrer son los trajes que en ellas se lucen. Y muy fundamentalmente los trajes de las Abanderadas, los Capitanes y las Rodelas. Dichos trajes se benefician de una centenaria tradición artesana, que aúna una destreza singular en la realización y el acabado y un esmero y una constante renovación en el diseño, que es marca distintiva de Petrer.

Cada año, en efecto, los trajes, con abundante pedrería, deben ser actualizados, y no se permite que los trajes de gala sean alquilados, salvo que, de serlo, sea un traje a estrenar y supervisado por una comisión artística, asegurándose de que lo visto en cada desfile no se repite en otras poblaciones.

Casi en su totalidad, los trajes, mucho más elaborados y costosos que los de otros municipios, se confeccionan en la propia población, y los de los cargos festeros se exponen los días previos a las fiestas en diversos escaparates del centro de Petrer. Hasta entonces, su diseño, ajustado a estrictos controles de autenticidad, es un secreto celosamente guardado y una de las señas de identidad de la localidad.

Una vez más, por tanto, en el ejemplo de los trajes de la fiesta petrerense, encontramos esa inédita alianza entre la tradición, patente en la añeja sabiduría artesana que los confecciona, y la modernidad, manifiesta en la constante evolución de los diseños, a la búsqueda de un esplendor y variedad mayores.

Las fiestas de moros y cristianos actuales son, según los expertos, el resultado de la fusión de tres fiestas distintas y muy antiguas todas ellas. A la fiesta patronal inicial se unió la fiesta militar, en la que participaba la Soldadesca, que no era más que la compañía de arcabuceros de la antigua Milicia, que acompañaba a la imagen del Patrón o de la Patrona disparando sus arcabuces en la procesión y en las romerías. Y a esas dos fiestas, se les unió la fiesta de moros y cristianos propiamente dicha, que existía desde antiguo y que consistía en la representación de las dos embajadas, la mora y la cristiana, el desembarco o batalla naval, y, ya en el siglo XIX, las embajadas humorísticas que parodiaban a las embajadas “serias”.

Devoción –en este caso a San Bonifacio, Mártir-, en agradecimiento a la intercesión demandada al Patrón frente a las calamidades y desastres, siempre acechantes, que podrían abatirse sobre las comunidades (sequías, catástrofes naturales…). Exaltación de la defensa de la propia tierra frente a amenazas externas. Y, finalmente, fiesta fundante, que refunde la devoción y la defensa en la gozosa naturalidad y en la belleza de la alegría compartida con la ciudad como escenario, como soporte tangible de la celebración intangible.

Una ciudad es un cúmulo y depósito de memorias individuales y de referencias colectivas, de conciencia colectiva. Un conjunto de trazas que, más allá de las evocaciones personales, o como suma de las mismas, se refiere a sucesos que nos interpelan a todos. La memoria colectiva, sin embargo, se arriesga a desvanecerse si no se inscribe en un relato, en una narración que aporte significado y comprensión, más allá de los signos mudos de su trazado urbanístico, su arquitectura o sus espacios y monumentos ilustres.

Nada perdura, en fin, si no somos capaces de darle nombre, de nombrarlo. Y he señalado en otras ocasiones que me gusta pensar en los Pregones como parte de ese relato anualmente reiterado, siempre igual y siempre diferente, una nueva capa de un mismo barniz que añade matiz, espesor y perdurabilidad a la narración de esa memoria colectiva que nos dota de identidad y sentido, cuando el pasado no ha terminado de pasar, cuando “hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora”, como escribió Machado.

Toda la vida, en efecto, es ahora que las Abanderadas, las verdaderas reinas de las fiestas, sus figuras centrales, refulgen de honor y de belleza, de emoción e historia hecha presente, de orgullo por representar a las Comparsas que personificáis, y en las que contrajisteis, como una enfermedad benigna, el amor incondicional a una fiesta que, en muchos casos, os arrebujó desde niñas, tal vez habiendo sido ya Rodelas; en la que crecisteis hasta haceros mujeres, y que habéis cuidado como solo se miman las experiencias más íntimas, las sensaciones más queridas, los hábitos que se convierten en dulces heridas.

Sé también cuán conscientes sois de la responsabilidad que habéis contraído, y de hasta qué punto estáis dispuestas, más allá de la sana rivalidad, a trenzar complicidad y amistades, oídos abiertos y corazones preparados para exprimir el zumo de una experiencia única, para compartir las mieles y aminorar las hieles, para aprender algo más de este extraño y complejo y desconcertante juego que es la fiesta de la vida, la vida como fiesta, la fiesta como vida.

Virginia, Natalia, Zuleyma, Virginia, Almudena, Aránzazu, Lourdes, Beatriz, Begoña y Nadia.

Disfrutad esos instantes. Solazaos con vuestra alta responsabilidad, que, para vosotras, será inolvidable y magnífica. Recrearos con la expectación que levantaréis y con el asombro que vuestros pasos conciten. Arraigaos al árbol de la Fiesta, exhibid vuestras sedas y abalorios, desarrollad sonrisas, esparcid saludos y besos, pero no olvidéis nunca que la materia de vuestros sueños en la fiesta se ha nutrido de los materiales de vuestros prolongados trabajos en la misma.

Como han hecho durante este último año Mayte, Cristina, Pilar, Paula, Ana, Juncal, Aurora, Verónica, Amelia y Nuria. ¡¡¡Felicidades!!!

¡Que esos días de Fiesta, tan grávidos y exaltantes, os sean leves y benignos! ¡Que los Capitanes y las Rodelas, esas figuras protectoras, y las Comparsas todas, os asistan en vuestro alto cometido!

Y a todos vosotros, autoridades y cargos, festers y festeres, señoras y señores, amigos y amigas, os anuncio que ya son próximas las fechas de la desreglamentada alegría, de la jubilosa suspensión del tiempo cotidiano, de la inversión de la existencia ordinaria, de la ruptura del tiempo y la derrota del reloj.

Y que para asumir las dulces cargas que comporta la disposición de esos pocos días, de esa breve epifanía de unidad espontánea, resulta forzoso amar la fiesta, vivir la fiesta, gozar la fiesta, como una prolongación de la afinidad que nos define, como una manifestación de nuestro acendrado gusto por la belleza y la pólvora, por las mañanas transparentes, sonámbulas y los crepúsculos dilatados, por la música de nuestras bandas, la sal quemada y los corazones perfumados.

¡Festers y festeres, os pregono la proximidad de la Fiesta, os anuncio su tímido inicio, que estallará en la segunda mitad del próximo mayo!

En nombre de la Universidad de Alicante, a la que estáis ya inextricablemente unidos, os deseo felicidad y fortuna a todos los agentes activos de la Fiesta, hoy aquí representados. Y a los alegres partícipes, petrerenses de nacimiento y acogidos en la ciudad en las pasadas décadas, os pido que la sintáis como propia, los unos, y como la promesa de una integración duradera, los otros, en un entorno que ha conseguido aliar el calor y la intimidad de un pueblo amable, plural y laborioso y los servicios, provisiones y oportunidades de una ciudad proactiva y con futuro. De una ciudad que solo mira hacia atrás para seguir hacia delante.

Muchas gracias, y que la belleza y la alegría de estas fiestas os acompañe. Siempre.

¡Viva San Bonifacio!

¡Viva Petrer! 

Oficina del Rector


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