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Festividad de Santo Tomás de Aquino y 40 Aniversario de la Universidad de Alicante

Alicante, 31 de enero de 2020

Dejadme, antes que nada, que os dé las gracias a todas y a todos por habernos querido acompañar hoy aquí, en el Paraninfo de nuestra universidad, en este acto de celebración del cuarenta aniversario de la creación de la Universidad de Alicante, en el marco de la festividad de Santo Tomás de Aquino.

En especial, quiero agradecer la presencia del Molt Honorable President de la Generalitat Valenciana. Gracias President, por estar siempre cerca de las universidades y por mantener el máximo interés por los problemas y aportar soluciones ajustadas a nuestro tiempo.

También, quiero agradecer a las rectoras y rectores que hoy nos acompañan en esta conmemoración, y a sus universidades, de Valencia, Jaume I de Castellón, Miguel Hernández de Elche y Murcia. Gracias, compañeras y compañeros. 

El solemne acto, que celebramos hoy, es una jornada de celebración, durante la que se ha hecho entrega de distinciones muy sentidas y totalmente arraigadas a la institución universitaria.

Mis primeras palabras de reconocimiento van dirigidas a las tituladas y titulados en el curso 2018-2019, que hoy están representados aquí por las compañeras y los compañeros que han conseguido los premios extraordinarios en las respectivas especialidades.

En vosotros, titulados y tituladas, queda representada la aspiración de los universitarios para acceder al conocimiento científico y crítico de los diversos campos del saber humano.

Os felicito por el éxito, y os animo, en el desarrollo de vuestro ejercicio profesional, a ser un ejemplo vivo del comportamiento ético de los estudiantes de la Universidad de Alicante; a ser embajadores permanentes de sus valores de tolerancia, de espíritu crítico y de comportamiento responsable. La sociedad pone en vosotros todas las expectativas para llegar a un mundo más justo, más libre y más solidario; y yo sé que sabréis estar a la altura.

¡Enhorabuena!

Esta conmemoración del cuarenta aniversario ha querido ser un acto de reconocimientos muy significativos, en distintos ámbitos universitarios, la formación, la investigación, la igualdad y la internacionalización; y es en este último, que hemos querido reconocer la importancia del programa Erasmus en estos cuarenta años, la importancia del programa Erasmus para Europa, a través del reconocimiento al que fue el primer estudiante del programa Erasmus que vino a nuestra universidad en 1988, Mauricio Oliviero, hoy rector de la Universidad de Peruggia, con la que mantenemos excelentes relaciones y alianzas formativas e investigadoras.

Y también, un reconocimiento especial a la Universidad del Valle de Itajaí, Univali, con la que mantenemos una relación estratégica desde hace más de dos décadas, en todos los ámbitos universitarios, formativos, científicos y culturales; y que aumenta año tras año.

Dos buenas muestra de la estrategia internacional universitaria.

¡Gracias a ambas universidades por su presencia hoy aquí!

La Universidad de Alicante ha otorgado la distinción de Premio Igualdad 2020 a Doña María Teresa Fernández de la Vega.

A ello ha contribuido, como ha quedado de manifiesto en la laudatio, la labor incansable de nuestra premiada. Se ha subrayado que en su etapa como Vicepresidenta del Gobierno impulsó la Ley para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. A esta, le sucedió, un mes después, la modificación de la Ley de Universidades. En su preámbulo, se alude al papel de la universidad como transmisor esencial de valores e insta a las universidades a contribuir de forma efectiva al reto de desarrollar una sociedad tolerante e igualitaria, en la que se respeten los derechos y libertades fundamentales así como el de igualdad entre mujeres y hombres.

María Teresa Fernández de la Vega ha defendido el valor de la diversidad en las agendas de igualdad, diversidad que le ha llevado a desarrollar proyectos realmente transformadores y de enorme impacto social porque cualquier iniciativa que persiga la erradicación de las discriminaciones múltiples que acompañan a las mujeres y su empoderamiento, revierte de forma inmediata en el progreso y desarrollo local, regional y global.

¡Enhorabuena, María Teresa! Y, gracias al Consejo Social de la Universidad de Alicante por su propuesta.

Además, el profesor Francisco Martínez Mojica ha recibido la más alta distinción honorífica que la universidad de Alicante puede otorgar: su Medalla de Oro. Alta distinción que se le concede por sus extraordinarias aportaciones a la investigación científica a nivel mundial.

Como se ha puesto de manifiesto en la laudatio, el trabajo de investigación del profesor Martínez Mojica ha supuesto uno de los mayores avances en la microbiología a nivel mundial, y sin duda una verdadera revolución científica, la tecnología CRISPR.

Sirva la Medalla de Oro para reconocer el trabajo y el esfuerzo científico que el profesor Martínez Mojica está realizando en pro de la investigación y de la ciencia.

Trabajo y esfuerzo que solamente es recompensado cuando la propia comunidad académica rinde, como lo ha hecho hoy, su gratitud sin reservas y el más cariñoso y sincero de los aplausos.

Siempre recordaré cuando te conocí por primera vez. Nos presentó un amigo común, Balbino Mancheño, primera Medalla de Oro de esta universidad.

¡¡¡Enhorabuena Francis!!!

“40 años enseñando a pensar” es un lema que me gusta, un lema que conviene a una joven universidad que nació de una apuesta indubitada y coral de la sociedad alicantina, de sus élites políticas y económicas, pero también de las mayorías sociales y de los reducidos, pero muy activos, focos de actividad cultural.

Hoy estamos aquí para celebrar una trayectoria que se inició hace más de cincuenta años, con la apertura del Centro de Estudios Universitarios (el CEU), y que culminó el 30 de octubre de 1979 con la creación de la Universidad de Alicante, que más tarde asumiría la herencia de la Universidad de Orihuela de 1552, cuyos estudios universitarios quedaron suspendidos en 1834. Un largo adiós de casi un siglo y medio.

Cuarenta años, o más de cincuenta, si incluimos el periodo del CEU, enseñando a pensar, no es un tiempo largo, pero dibuja un ciclo, una duración que ya exhibe las huellas del tiempo. Sobre todo en esta era sin remanso en la que la novedad se impone al sedimento, y podríamos decir, como dijo un rector de una universidad estadounidense a sus alumnos: “La mitad de lo que os hemos enseñado no sirve para nada, pero…no sabemos qué mitad es”. 

No sabemos, en efecto, qué mitad es, porque del saber y del conocimiento, si son genuinos, todo es aprovechable, incluso lo que en algún momento consideramos innecesario, tedioso, anticuado o prescindible. Y menos en una era en la que ni siquiera podemos imaginar las profesiones del futuro, de un futuro tejido de complejidad e incertidumbre en el que la tecnología ha hecho de la información y del conocimiento una nueva fuente de riqueza.

Todo arco de tiempo tiene hitos. Y pausas. Hitos y pausas e, incluso, atascos, normalmente involuntarios, porque la divisa que hoy nos guía es que lo que no cambia es el deseo de cambiar.

No me detendré en glosar de nuevo las razones que avalaron la creación del CEU –ya lo hice en el discurso que celebraba su cincuenta aniversario-, ni las lecciones que cabe extraer de esa experiencia. Básicamente, tres: UNA: la necesaria concertación de intereses de grupos sociales muy diversos, incluso contradictorios, en todos los ámbitos de la provincia para su logro; DOS: la resiliencia y constancia ante los límites y adversidades del periodo hasta el punto en que lo imposible se convirtió en inevitable; y, TRES: la unidad en torno a la importancia del proyecto compartido para la provincia, basada en la conciencia de la propia importancia.

Si prestamos atención a dichas lecciones, en clave de presente, tendremos que concluir, como dijo Faulkner, que “el pasado no ha muerto; de hecho, ni siquiera ha pasado”, porque, hoy, como hace unas décadas, la provincia afronta problemas similares, y no siempre, con similares recursos, pese a disfrutar de mejores oportunidades para conciliar proyectos relevantes para su porvenir.

Permítanme, no obstante, y de forma obligadamente telegráfica, que resuma algunos hitos y pausas de la trayectoria de la Universidad de Alicante en las décadas transcurridas desde su creación.

Entre 1979, fecha de creación de la Universidad de Alicante, y 1990, la institución se asienta y resuelve creativamente sus cuellos de botella, que no son pocos.

De un lado, nace inusitadamente completa, con la conversión en facultades de las secciones del colegio universitario a las que hay que sumar el conjunto de estudios que ofrecían las escuelas universitarias.

De otro, pese a un contexto de penuria económica y una coyuntura política compleja y convulsa, gracias al apoyo sin fisuras del conjunto de la sociedad alicantina, empieza a resolverse el problema de las infraestructuras, con el inicio de la construcción de los edificios de Letras, Ciencias y Derecho, el acondicionamiento de las antiguas instalaciones militares para usos docentes y de servicios, la dotación de laboratorios, instrumental científico y material bibliográfico y, sobre todo, los problemas del profesorado contratado y de la ampliación del campus.

El problema de la ampliación del campus se resolvió, gracias a atinadas mutaciones demaniales, con la adición de 535.000 metros cuadrados, que casi cuadruplicaba la superficie disponible, haciendo posible el logro de un espacio universitario a la altura de las ambiciones y anhelos de la sociedad que impulsó la universidad y que constituyó y constituye su soporte.

Entre 1990 y 2002, la universidad se consolida y crece con la puesta en marcha de nuevas titulaciones; la adscripción a la Universidad de Alicante de la Escuela Universitaria Politécnica en 1991; y la creación de la Facultad de Educación.

Es en este escenario finisecular, por ejemplo, que se apuesta por un diseño y una ordenación urbana del campus que peatonaliza el viario interior y lleva el tráfico rodado y el aparcamiento al perímetro exterior, mejorando y sosteniendo la calidad ambiental del mismo.

Esta apuesta por la calidad ambiental y la belleza se refuerza con un tratamiento paisajístico y de la vegetación, que realza extraordinariamente el valor del rico urbanismo del campus.

El patrimonio arquitectónico del campus es sencillamente extraordinario, de modo que da cuenta en sí mismo de la evolución de la arquitectura española en las últimas décadas, con la peculiaridad de conservar la memoria histórica de su origen, el antiguo aeródromo de Rabasa, una instalación que se remonta a 1919 y un vestigio centenario en una joven universidad que acaba de cumplir cuarenta años.

Entre 2002 y 2011 se llevan a cabo importantes logros. Además, los puentes rotos con la Generalitat Valenciana comienzan a ser reparados y la complicidad con el Ayuntamiento de San Vicente del Raspeig se fortalece y asienta, en base a la constancia de los intereses compartidos y del mutuo beneficio que la proximidad nos aportaba.

Primero, se procede a la reestructuración de los centros universitarios.

El objetivo de dicha reestructuración no era otro que afrontar los nuevos retos con mayores probabilidades de éxito para su plena integración en el Espacio Europeo de Educación Superior.

Segundo, tiene lugar el proceso de elaboración y aprobación de buena parte de los futuros grados de nuestra universidad, conciliando la determinación y la firmeza en la consecución del objetivo de adaptarnos en tiempo al Espacio Europeo de Educación Superior, con la flexibilidad que implica la participación de la comunidad universitaria en las diferentes fases del proceso. Y con el objetivo último de dar respuesta adecuada a las demandas y necesidades de una sociedad y una economía más cambiantes que nunca.

Tercero, se pone en marcha la Comisión de Igualdad, enmarcada en la Unidad de Igualdad, concebida como un instrumento que permite dar voz a los diferentes colectivos de la comunidad universitaria en el proceso de elaboración del Plan de Igualdad de Oportunidades, una seña de identidad, desde entonces, de la Universidad de Alicante.

Pero, cuando esperamos lo inevitable sucede lo imprevisto. O, al menos, lo no pensado, porque eso que hemos convenido en llamar la Gran Recesión, la crisis económica más grave que ha sacudido al mundo desde 1929, nos alcanzó como si se tratara de un fenómeno natural imprevisible. O así nos fue presentada y explicada.

El inicio de mi doble mandato en el año 2012, de hecho, coincide con el momento central de esa crisis iniciada unos años antes, cuando España, por ejemplo, se vio obligada a pedir el rescate bancario y se inicia una era de recortes sociales que, se suponía, conduciría -austeridad fiscal mediante- a la recuperación de la confianza y a una rápida expansión económica sobre bases más robustas (la “austeridad expansiva”).

Y bien, no hay duda de que nos hemos recuperado razonablemente, pero con problemas endémicos agravados –como el paro o la desigualdad rampante-, cicatrices duraderas –como la pobreza o exclusión social- y una grave crisis de la democracia.

Ahora, cuando afronto la fase final de mi mandato, no voy a hacer un balance del mismo ni a listar las muchas medidas que, de grado o por fuerza, hemos tomado o nos hemos visto obligados a tomar. Quede, en todo caso, esa tarea para la clausura de un gobierno compartido con quienes me han acompañado en estos años. Me limitaré a enunciar algunas reglas a las que he intentado atenerme.

Primero, he defendido a ultranza la enseñanza y la universidad pública como la vía regia para una sociedad más libre y justa, y como garantía de la igualdad de oportunidades y de la movilidad social, frente a asechanzas que no han dejado de crecer en los últimos años y que, incluso ahora, la amenazan decisivamente.

Segundo, he intentado tejer complicidades y tender puentes con las instituciones políticas, militares y de la sociedad civil, convencido de que en el siglo XXI la universidad pública debe cumplir un papel crucial en la resolución de los problemas de las sociedades en las que se inserta, y de que la “riqueza de las naciones” (o de las regiones, provincias y comarcas) dependerá del desarrollo de una economía inteligente, basada en el conocimiento, en las tecnologías inteligentes y en la innovación, integradora, con altos niveles de empleo y de cohesión social, y sostenible ambientalmente.

Tercero, cuando las transferencias corrientes que recibe la universidad continúan en los niveles de 2009, el rigor económico no es una opción sino una constricción inapelable, que ha afectado sobre todo al gasto en infraestructuras, pero también a centros, departamentos, institutos y relevantes programas institucionales, fundamentalmente aquellos dedicados a la recuperación de investigadores de probado nivel en universidades nacionales y extranjeras del máximo prestigio, con experiencia internacional y proyectos de excelencia.

Es cierto que contamos con el compromiso reciente y la voluntad política, por parte de la Generalitat Valenciana y del Presidente Puig, de abordar el problema de la financiación próximamente, mediante la creación de una comisión de expertos y, si fuera posible, el establecimiento de un marco adecuado de financiación plurianual, que permita al sistema universitario público valenciano mejorar su competitividad.

Pero no ignoramos que dicha mejora depende estrechamente de modificaciones sustanciales en los criterios de financiación autonómica, asunto irresuelto y de incierto futuro, pese a que su reivindicación es unánimemente compartida en la Comunitat. Y solo mediante una mejor financiación de las universidades públicas valencianas, estas podrán desarrollar estrategias conjuntas eficientes para contribuir al necesario cambio del modelo productivo como centros generadores de innovación y conocimiento.

Cuarto, si las restricciones económicas nos han obligado a elegir entre fines no ya deseables sino necesarios, hemos intentado siempre defender, primero, a las personas, conscientes de que la calidad de una institución depende esencialmente de la calidad de la gente que la compone, salvaguardando los recursos y las infraestructuras básicas que son soporte de la actividad universitaria y garantizan la actividad docente y la producción investigadora.

En suma, las personas; las personas, primero. Esta, y no otra, ha constituido la guía rectora de nuestra acción de gobierno y nuestro cuaderno de bitácora plagado de incidencias en los años transcurridos desde que tomé posesión del Rectorado en mi primer mandato.

Ahora, en mis últimos meses como Rector, el más alto honor al que puede aspirar un profesor universitario, quisiera transmitir a todos los que han trabajado en nuestra universidad durante esta casi década, mi más profundo agradecimiento. Y hacer, como hizo William Yeats, una última y humilde petición al conjunto de la comunidad universitaria y a los que, en su gobierno, habrán de sucedernos: “He extendido mis sueños a tus pies; pisa suavemente, porque pisas mis sueños”. 

Y termino con una frase de nuestro doctor honoris causa Mario Benedetti, que quiero que sirva, además, como un homenaje y recuerdo por el centenario de su nacimiento que estamos celebrando en nuestra universidad, y es un deseo, si me lo permiten, para todos ustedes: 

“Y sé feliz. Pero no por alguien. Tampoco por algo. Quizás por alguien. Pero mejor se feliz porque, al fin y al cabo, es lo que te mereces”.

Gracias, muchas gracias, por vuestro buen trabajo, vuestra tenacidad y vuestra templada paciencia. 

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