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Cloenda del Curs Acadèmic 2013-2014

Alacant, 5 de juny de 2014

Deixeu-me, primer de tot, que us done les gràcies per haver-nos volgut acompanyar hui ací, al Paranimf de la Universitat d’Alacant.

L’acte de cloenda del curs acadèmic està envoltat d'un important cerimonial. Aquest acte, a més de permetre fer un balanç de les principals activitats dutes a terme per la Universitat, es també el lloc apropiat per a plantejar objectius i metes a les qual la Universitat voldria poder arribar a mitjà i llarg termini. 

L’acte de cloenda del curs acadèmic 2013/2014, que ara acaba, ha estat protagonitzat pel lliurament del màxim títol acadèmic que les universitats podem atorgar: el títol de doctor.

Etimològicament Doctor és una paraula que defineix el mestre, el professor, qui genera coneixement. La primera col•lació del títol de doctor va tenir lloc, l’any 1140, a la Universitat de Bolonya, a la qual van seguir, al poc de temps, altres universitats europees. En els nostres dies, el títol de doctor està associat al reconeixement de la capacitat investigadora.

Capacitat investigadora per a la generació de coneixement, que és una de les funcions que la universitat ha de dur a terme, sense la qual no podríem parlar pròpiament d’universitat.

Vull felicitar, doncs, els doctors que heu rebut avui el birret que simbolitza la vostra nova condició. Després de diversos anys d’esforços heu aconseguit la col•lació del més alt grau acadèmic que concedeix la universitat: el títol de doctor.

La Universitat d’Alacant us ha fet lliurament del màxim títol acadèmic i, amb aquest, acaba de reconèixer la vostra capacitat investigadora.

Vosaltres sou un exemple destacat del treball que es du a terme en la nostra Universitat i, per això, en nom de tota la comunitat universitària, torne a reiterar-vos l’orgull que sentim i la nostra felicitació per l’èxit que heu aconseguit.

Hoy, es un día, para el reconocimiento, la gratitud y la reciprocidad. Y para estrechar vínculos con el deporte. Hemos tenido la oportunidad de entregar el laurel de oro al Excmo. Sr. D. Pedro Ferrándiz por su extraordinaria trayectoria profesional como entrenador de baloncesto. Propuesta acordada por unanimidad por el consejo de gobierno de la Universidad. Este galardón se concede a “personas o instituciones con un prestigio sobresaliente en el ámbito deportivo, artístico o cultural”.

Nuestra Secretaria General, la Prof. Calzada ha glosado los meritos del nuevo laurel de oro, pero me gustaría destacar de nuevo que durante su fase como entrenador ganó 12 Ligas de España, 11 Copas de España y 4 Copas de Europa, lo que le acredita como uno de los mejores entrenadores del mundo de todos los tiempos.

Por todo ello, quiero en nombre de toda la comunidad universitaria expresar nuestra más sincera felicitación a D. Pedro Ferrándiz por este galardón así como agradecerle y reconocerle su cercanía y apoyo a nuestra Universidad. Gracias y Enhorabuena Pedro

Permítanme ahora que, en este acto de clausura, esboce un breve balance del curso transcurrido, uno más bajo el signo de la crisis, una crisis que, lejos de implicar, un giro brusco favorable, parece haber devenido una nueva “normalidad”.

Déjenme decirles, sin embargo, que, en medio de tanto ruido y malestar y confusión, la institución que tengo el honor de dirigir, además de la determinación y resiliencia necesarias para afrontar situaciones complejas, conserva, cuanto poco, una certeza. Una certeza que se ha convertido en un lugar común contemporáneo, pero que fue enunciada ya hace casi tres siglos por Benjamin Franklin “No hay inversión más rentable que la del conocimiento”.

Sí, sin duda invertir en conocimiento produce siempre los mejores beneficios tangibles e intangibles, desde incrementos considerables en la productividad hasta la posibilidad de ejercer la crítica y cultivar la imaginación creadora, tan necesaria en un mundo complejo para afrontar situaciones enrevesadas y cambiantes.

Sin embargo, un informe del presente año ha calculado que entre 2009 y 2013 las universidades españolas han perdido 1.400 millones de euros, lo que equivale a un recorte del 14% en su financiación, y la debilidad de las finanzas públicas, aliada a la escasa colaboración privada, amenaza con ampliar la brecha ya existente en relación con las mejores universidades de otros países.

Como, en efecto, es reconocido, y constantemente recordado, ninguna universidad española figura entre las 200 mejores del mundo según el ranking de Shanghái, que clasifica las universidades por su impacto en la investigación y los reconocimientos internacionales recibidos.

Es, sin embargo, menos conocido –y aún menos reconocido- que el nivel de gasto universitario, el 0.86% del PIB en 2013, sitúa a nuestro país muy por debajo de la inversión media de la OCDE, que ronda el 1.3%, y en claro descenso respecto al gasto universitario en 2009, que alcanzó el 0.96% del PIB.

Resulta, así mismo, innegable que la universidad española realiza, como tuve ocasión de subrayar en una ocasión anterior, el 3,3% de la producción científica mundial y el 4% de las citas científicas, cuando el tamaño de nuestra economía y nuestro comercio exterior son el 2,2% y el 1,9%, respectivamente, de la economía y el comercio mundial, en muestra de una envidiable eficiencia, pese a los recortes presupuestarios y la reducción de las plantillas de investigadores.

Todos, en fin tenemos derecho a nuestra propia opinión, pero no a nuestros propios hechos. Para los idólatras de los rankings, que, de todos modos, harían bien en aplicarse en sus sectores y campos de actividad respectivos las mismas exigencias que demandan a las universidades públicas, tenemos, de todos modos, buenas noticias.

Siete universidades españolas figuran entre los 100 mejores campus jóvenes del mundo, para clasificar las más destacadas instituciones educativas de ámbito superior de menos de 50 años. España es, además, el cuarto país —por detrás de Reino Unido, Australia y EE UU— con más campus en este top 100, superando a Francia, Alemania, Canadá, Taiwan y Hong Kong.

Importa, además, a este respecto, tener en cuenta que la media de edad de las 100 mejores instituciones universitarias (–esas con las que se nos exige converger; es decir, centros como Harvard, Yale, Stanford, Princeton, Oxford, Cambridge o el MIT-) es de 200 años, antigüedad que, como reconoce la publicación británica, les otorga ventajas significativas en financiación, riqueza y propiedades y en su capacidad para desarrollar patronazgos y redes de alumnos profundas y duraderas.

La Universidad de Alicante celebra este año el 35 aniversario de su creación. Somos, pues, contemporáneos de la recuperada democracia, coetáneos de los primeros ayuntamientos de la libertad, aun cuando nuestros antecedentes históricos reconocidos se remonten a la Universidad de Orihuela en el siglo XVII, gracias a la decisiva intervención en 1998 del Excelentísimo y Reverendo Señor D. Victorio Oliver Domingo, entonces Obispo de Orihuela-Alicante y, en la actualidad, Obispo Emérito de la diócesis y reciente Medalla de Oro de la Universidad de Alicante, en reconocimiento a su decidido apoyo a la institución y a su lealtad, firmeza e independencia en la defensa de la autonomía universitaria. Así somos herederos de la tradición universitaria del antiguo Reino de Valencia, arraigados en el territorio en el sentido más amplio y recogemos el legado de esa tradición universitaria, católica y del mediterráneo.

Y solo, tal vez, en el nuevo milenio puede hablarse de un proceso de consolidación de la Universidad de Alicante, fraguado con el impulso generoso de las instituciones de la sociedad civil de la provincia y de los poderes públicos, y con el esfuerzo constante de la comunidad universitaria, encauzado, planificado y dirigido brillantemente por los que me precedieron en el cargo que ocupo y sus equipos de gobierno.

Infortunadamente, uno de nuestros rectores históricos, D. Ramón Martín Mateo, nos ha dejado recientemente, y su silencio ensordece, por más que, en los últimos años, la enfermedad enturbiara su voz y espaciara sus sagaces y, sin embargo, bienhumoradas y chispeantes intervenciones. Le echaremos, le echaré de menos, pero no le olvidaré, no le olvidaremos: Le recordaremos siempre como uno de los arquitectos de la consolidación y crecimiento de nuestra universidad y de nuestro campus. Descanse en paz, y reciban su familia, allegados, compañeros y amigos el parvo consuelo del reconocimiento de su legado y su constancia en el tiempo contra la inevitable caducidad de nuestras vidas.

D. Ramón, sin embargo, sí tuvo aún la ocasión de conocer que la Universidad que él contribuyó a construir aparece, por primera vez, entre las 500 mejores del mundo –concretamente en el puesto 473-, según la edición de 2014 del prestigioso Ranking de la Universidad de Leiden (“CWTS Leiden Ranking-2014”), referencia mundial en la materia y considerado internacionalmente como el “más académico”, ya que mide a nivel mundial la actividad científica de las 750 mejores universidades sobre la base de exhaustivos indicadores y parámetros bibliométricos, que calibran en detalle la productividad científica de las universidades y ponderan el impacto de la transferencia de los resultados, la investigación cooperativa y parte de las publicaciones indexadas en la Web of Science (-referencia principal para computar la productividad, y medir la calidad y el impacto de la transferencia de los resultados de la investigación-).

En el ranking general de todos los campos científicos, la UA ocupa el decimoquinto lugar entre todas las universidades españolas, 50 públicas y más de 30 privadas. Y hay que destacar, además, que en el campo de las Ciencias Sociales – que en este Ranking también incluye las Artes y Humanidades–, la Universidad de Alicante es la segunda de todas las universidades españolas que aparecen y la primera de las valencianas, mientras que, en el campo de las Ciencias Naturales, la UA ocupa el quinto lugar de las españolas y la segunda en el caso de las universidades situadas en la Comunidad Valenciana.

No me cuento entre los adeptos incondicionales de los rankings. Probablemente muestran tanto como ocultan, ya que la medición modifica lo medido, y, desde luego, resumir la evaluación de las muy diversas actividades que se desarrollan en las universidades en un indicador sintético,

De todos modos, podemos acordar que la información recogida en los rankings tiene cierta utilidad, pudiendo servir para orientar decisiones individuales y estrategias colectivas sobre dónde estudiar, o en qué áreas de conocimiento se considera que tenemos fortalezas y en qué otras habría que mejorar, convendremos también que pocas, si alguna, instituciones o empresas de la provincia están en condiciones de acceder a tan honorable posición en una clasificación que, les recuerdo, es global; es decir, que, con las cautelas expresadas, nos ubica en el mundo.

Y quisiera llamar su atención sobre el hecho de que dicha conquista de una primeriza, pero significativa, visibilidad, no se ha cumplido en un contexto de mejoras de nuestra financiación o de atención preferente a la I+D+i, como en la mayor parte del centro y del norte de Europa y en los países emergentes, sino en un tiempo de desolación y drásticos recortes en educación.

En otros términos, nuestros resultados, aún apreciables en investigación y rendimientos formativos, se sirven de la inercia de periodos anteriores en los que nuestras mejoras de calidad eran directamente proporcionales a un nivel de financiación suficiente. Si en el más breve plazo sigue sin haber dinero para renovar el horizonte de nuestra educación superior y del conjunto de nuestro sistema educativo, en el medio y largo plazo ese vacío ineluctablemente impedirá mejorar la productividad y activar un modelo de crecimiento más equilibrado y consistente que nos permita afrontar mejor las crisis futuras.

Temo, en fin, que nos estemos encaminando a un sistema universitario público en el que la merma de financiación y la necesidad de obtener ingresos propios -un púdico eufemismo que encubre, muy fundamentalmente, el incremento de las tasas y de las matrículas que pagan los alumnos-, junto a superiores exigencias para la obtención de becas, nos allegue a una especie de “universidad concertada”, un extraño híbrido que, con la excusa de las necesarias restricciones presupuestarias, acabe abocándonos a una suerte de lento pero irreparable declive, que favorezca una opción de salida hacia las universidades privadas, financiadas y privilegiadas directa o indirectamente por las administraciones, y consentidas, en los requisitos mínimos exigibles, por los poderes públicos.

No olvidemos, en fin, que en educación, la calidad es directamente proporcional al nivel de financiación. Por supuesto, no es que la calidad sea solo un asunto de financiación. Hay otras precondiciones, como el papel de las mismas familias o las estructuras socioculturales, el modelo de sociedad al que se aspira o la importancia concedida a la educación y a la cultura, además de la adecuación, formación y motivación de los centros y del profesorado. Pero una infrafinanciación sostenida en el tiempo, simplemente, trastoca radicalmente el equilibrio del sistema universitario, poniendo en riesgo su futuro, que, a su vez, es el futuro de un país, siempre dependiente de un talento hoy desperdiciado o en fuga-

Créanme, hemos aprendido austeridad, y hasta hemos aprendido a apreciar la austeridad. La austeridad es una virtud pública y privada, cuyo cultivo y razón debemos recuperar. Significa sencillez, moderación y cumplimiento estricto de las normas éticas. E implica una neta distinción entre lo fundamental y lo accesorio, lo necesario y lo superfluo, la suficiencia y el exceso, la credibilidad y el simulacro.

Y así, hemos conseguido controlar los gastos corrientes, la compra de bienes y servicios y los consumos de agua, teléfono o luz, hasta convertirnos en una de las universidades más eficientes de España, junto al resto de las de la Comunidad Valenciana, pese a ser la cuarta universidad peor financiada del país, según un informe del CYD (la Fundación Empresarial sobre el Conocimiento y Desarrollo), y sin que el volumen y la calidad de nuestra capacidad investigadora haya, por el momento, caído, en términos relativos al resto de las universidades, sino bien al contrario: por su producción científica la UA ocupa el puesto 10 entre todas las universidades españolas y el puesto 12 en cuanto a la solicitud de patentes internacionales.

En todo momento, además, hemos sido conscientes de la gravedad de la coyuntura económica en la que se aprobó el Real Decreto-ley 14/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes de racionalización del gasto público en el ámbito educativo.

El mismo gobierno, sin embargo, que adoptó dichas medidas urgentes, nos dice ahora que lo peor de la recesión ha quedado atrás, que hemos atravesado con éxito el Cabo de Hornos de la crisis.

Y lo que a las universidades públicas valencianas nos resta por recortar no es lo prescindible, lo accesorio o lo superfluo, sino que afecta al hueso, a la médula de nuestra actividad y, por tanto, al futuro de nuestra juventud, de nuestros hijos y a nuestro propio futuro como país, devorado no en nombre de una austera prudencia sino de un imprudente impulso suicida, que algunos califican como “austericidio”.

No creo, a este respecto, que haya mucho que añadir al mesurado y equilibrado comunicado de la CRUE, en abril de este mismo año, en el que se demandaba el fin de las medidas excepcionales contenidas en el citado Real Decreto-ley, “una norma que modificó la Ley Orgánica de Universidades, y que afectó a aspectos tan sensibles como los precios públicos y la organización de la actividad docente”, dañando, mediante las normas presupuestarias posteriores, los salarios, derechos laborales y las expectativas profesionales de los empleados públicos y, por tanto, también de las universidades.

Debemos recuperar la inversión en investigación para que los Avelino Corma -Premio Príncipe de Asturias de Investigación 2014 y Doctor Honoris Causa por nuestra Universidad-, los Javier García premio Jaume I en nuevas tecnologías 2014 y profesor de nuestra universidad, o los Enrique Sentana premio Jaume I de Economia 2014 y antiguo estudiante de nuestra Universidad, no vean frustradas sus carreras o tengan que exiliarse, y para que nunca más la I+D+i sea considerada en mayor medida gasto en vez de inversión. Felicidades y enhorabuena a Avelino, a Javier y a Enrique!

Debemos fijar precios públicos de matrícula accesibles y razonables en todos los niveles formativos, incluidos los másteres.

Debe recuperarse el sentido de las becas y ayudas como garantes de la equidad.

Debe volver la autonomía de gestión de la actividad docente e investigadora a las universidades.

Debe ser posible que éstas configuren ordenadamente sus plantillas, con fórmulas de renovación y promoción ajustadas a su realidad y a su planificación estratégica, truncadas por las insatisfactorias tasas de reposición.

Deben levantarse los obstáculos que cercenan las perspectivas de los profesores universitarios en su carrera académica, y minan la motivación para la mejora permanente en docencia e investigación, por no hablar de la necesaria e incumplida internacionalización del profesorado.

Debiéramos, diría yo, empezar a aceptar que las reformas no son necesariamente sinónimo de recortes o sacrificios sociales. Las verdaderas reformas estructurales, en realidad eliminan privilegios y benefician a la mayoría. Y el problema de nuestra Comunidad, de nuestro país, es la falta de dinamismo de nuestra estructura económica, nuestro escaso potencial de crecimiento, en alianza con una muy escasa ambición de reformismo socioeconómico y político real y profundo.

Nuestra economía, en fin, es poco competitiva, está concentrada en sectores de baja productividad, y las empresas no invierten lo suficiente en I+D y formación, ni innovan al ritmo de sus competidores. No tenemos recursos naturales ni ventajas competitivas en sectores de alto crecimiento y empleo, y muchos mercados están protegidos de una verdadera competencia por una excesiva y perniciosa connivencia entre lo privado y lo público.

Nos enfrentamos, en fin, como han señalado significados autores, a los retos del siglo XXI con estructuras del siglo XX e incluso del XIX, justo cuando el mundo está experimentando un cambio tectónico con la irrupción de los países emergentes, algunos de los cuales son capaces de combinar muy bajo precio de la mano de obra y creciente capacidad de innovación (China ya produce más patentes que los Estados Unidos y China e India muchos más ingenieros que todo el Occidente Unido).

Déjenme para terminar y, a riesgo de resultar reiterativo, volver al inicio de este discurso y, peor aún, incurrir en el feo hábito de la autocita.

Sí, no hay inversión más rentable que la del conocimiento, ni peor error que una insuficiente inversión en capital humano.

Y del mismo modo que apoyamos a la Generalitat en su reivindicación ante el gobierno central de una financiación más justa y en su demanda de satisfacción de la deuda histórica, nada nos distraerá de nuestra reivindicación de un marco de financiación suficiente y estable, sin olvidar las deudas contraídas en el plazo corto del tiempo de la crisis y en la deuda histórica reconocida y diferida.

Y es que, recuerden, las universidades del sistema universitario público valenciano nunca gastamos lo que no teníamos, nunca vivimos por encima de nuestras posibilidades, nunca nos excedimos en cuanto a lo que se acordó concedernos para el buen cumplimiento de nuestro cometido, sin sobrecostes ni modificados. Y por ello, no consideramos razonable ni pagar excesos que no nos corresponden, ni renunciar a lo que, siéndonos debido, hubiera redundado y redundará indudablemente en beneficio, sin excepción, de todos.

Muchas gracias.

 

Oficina del Rector


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